ALTRUISMO: AYUDAR A LOS DEMÁS
El cuerpo maltratado brutalmente, medio muerto de hambre, de Sylvia Likens, de 16 años, fue descubierto el 26 de octubre de 1965, en Indianápolis, Indiana. Desde julio de ese año, se había hospedado con Gertrude Braniszewski. Con la ayuda de sus tres hijos adolescentes y dos muchachos del vecindario, Braniszewski golpeó, quemó y marcó a la joven. Sylvia no aceptó de forma pasiva su degradación, se defendió. Muchos vecinos escucharon sus gritos. Kate Millett (1979) reporta:
La escucharon por semanas sin cesar. Judy Duke observó los golpes de Sylvia e incluso se los describió a su madre en una ocasión en la cocina mientras lavaban los platos de la cena; el veredicto fue que la niña merecía castigo. La señora Vermillion, que vivía en la casa contigua, a sólo cuatro metros de la ventana del sótano de Sylvia, debe haber escuchado el enloquecedor sufrimiento de la niña semana tras semana, hasta que otro sonido, el producido por una pala para el carbón raspando el suelo, la hiciera preocuparse y pensar en llamar a la policía. Pero se detuvo cuando estaba a punto de hacerlo, justo cuando Sylvia se detuvo en seco, ya sin mover la pala, hacer señales o gritar por último pidiendo ayuda...
Así que la señora Vermillion colgó el teléfono, le refunfuñó una vez más a su esposo. . . y se sumió de nuevo en su lasitud moral (pp. 22-23).
¿Por qué los vecinos de Sylvia no acudieron en su ayuda? ¿Eran insensibles, indiferentes, apáticos? ¿Eran, como supone Millett, "mentes vegetales"? Si es así, hay muchas mentes de éstas. Consideremos:
El 13 de marzo de 1964, Kitty Genovese fue atacada por un violador que blandía un cuchillo cuando regresaba a su departamento en Queens, Nueva York, a las 3:00 a.m. Sus gritos de terror y súplicas de ayuda —"¡Oh, Dios mío, me apuñaló! ¡Por favor ayúdenme! ¡Por favor ayúdenme!"— despertaron a 38 de sus vecinos. Muchos de ellos se asomaron a sus ventanas y observaron mientras ella, durante 35 minutos, luchaba por escapar de su atacante. No fue sino hasta después de que su atacante se marchó que alguien siquiera llamó a la policía. Poco después, ella murió.
Andrew Mormile fue apuñalado en el estómago mientras viajaba en el subterráneo rumbo a su casa. Después de que sus atacantes abandonaron el vagón, otros 11 viajeros observaron al joven desangrarse hasta morir.
Una telefonista de 18 años de edad, que trabaja sola, es asaltada sexualmente. Momentáneamente escapa y corre desnuda y sangrante hasta la calle y grita pidiendo ayuda. Cuarenta transeúntes observan cuando el violador trata de arrastrarla de nuevo hacia adentro. Por fortuna, dos policías pasaban por casualidad por ahí y arrestaron al asaltante.
Eleanor Bradley mientras realiza sus compras, tropieza y se rompe la pierna. Aturdida y dolorida, suplica que la ayuden. Durante 40 minutos el desfile de compradores simplemente se hace a un lado y continúa su camino. Al fin, un taxista la ayuda y la lleva al doctor. (Darley y Latané, 1968.)
Lo que es sorprendente no es que en estos casos algunas personas no ayudaran sino que en cada uno de estos grupos (de 38, 11,40 y cientos de personas) casi el 100 por ciento de los implicados no respondió. ¿Por qué? En esta situación o en una semejante, ¿usted o yo reaccionaríamos en la misma forma? O seríamos héroes, como estas personas:
Aun escuchando el retumbar del tren subterráneo que se aproximaba en Nueva York, Everett Sanderson saltó a las vías y corrió hacia las luces que se acercaban para rescatar a Michelle de Jesús, una niña de cuatro años que había caído de la plataforma. Tres segundos antes de que el tren la atropellara, Sanderson lanzó a Michelle entre la multitud que había arriba. Cuando el tren entró, Sanderson falló en su primer intento por saltar de nuevo hacia la plataforma. En el último instante, los espectadores lo jalaron y lo pusieron a salvo (Young, 1977).
Eran las 2:00 de una tarde del verano de 1983 cuando Joe Delaney, un jugador de fútbol de los Jefes de Kansas City, vio a un grupo de gente alrededor de un enorme hoyo lleno con agua. Tres niños se habían metido sin darse cuenta de que, a corta distancia de la orilla, el fondo aumentaba de golpe. De pronto sintieron que el agua les cubría las cabezas y pataleaban y gritaban pidiendo ayuda. Cuando sólo Joe se lanzó a la charca, un niño pequeño le preguntó: ‘¿Puede usted nadar?" "No puedo nadar bien", le respondió Joe, "pero tengo que salvar a esos niños. Si no salgo, busca a alguien". Un niño se puso a salvo luchando. Más tarde los otros dos —y Joe Delaney— fueron sacados muertos por rescatistas. (Deford, 1983.)
En una colina en Jerusalén, 800 árboles forman una línea, la Avenida de los Justos. Debajo de cada árbol hay una placa con el nombre de un cristiano europeo quien, durante el holocausto nazi, dio refugio a uno o más judíos. Estos "gentiles justos" sabían que si los refugiados eran descubiertos, la policía nazi ordenaba que tanto el anfitrión como el refugiado sufrieran un destino común. Muchos murieron. (Hellman, 1980; Wiesel, 1985.)
Abundan actos menos dramáticos de consuelo, cuidado y ayuda: sin pedir nada a cambio, las personas ofrecen direcciones, donan dinero o sangre. ¿Por qué, y cuándo, las personas ejecutan estos actos? ¿Y qué puede hacerse para disminuir la indiferencia y aumentar el altruismo? Éstas son las preguntas principales de este capítulo.
El altruismo es egoísmo a la inversa. Una persona altruista se preocupa y es servicial aun cuando no se ofrezcan o se esperen beneficios a cambio. La parábola del buen samaritano de Jesús proporciona el ejemplo clásico de altruismo:
Un hombre iba de Jerusalén a Jericó cuando cayó en manos de ladrones, quienes lo robaron, lo golpearon y se fueron dejándolo medio muerto. Luego, casualmente, un sacerdote pasó el mismo camino y, al verlo, optó por cruzar la calle. Lo mismo hizo un levita cuando llegó al lugar, lo vio y se pasó para el otro lado. Pero un viajero samaritano pasó junto a él y al verlo se llenó de piedad. Se acercó a él y vendó sus heridas, después de poner aceite y vino en ellas. Luego lo puso en su propio animal, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, cuando regrese, te pagaré lo que hayas gastado."
El samaritano ilustra el altruismo en una forma pura. Lleno de compasión, le da a un completo extraño tiempo, energía y dinero sin esperar ninguna retribución o agradecimiento.
• ¿POR QUÉ AYUDAMOS?
Para estudiar los actos altruistas, los psicólogos sociales examinan las condiciones bajo las cuales las personas ejecutan estas acciones. Pero antes de ver lo que revelan los experimentos, consideremos lo que motiva el altruismo.
INTERCAMBIO SOCIAL: LOS BENEFICIOS Y LOS COSTOS DE LA AYUDA
Una explicación para el altruismo proviene de la teoría del intercambio social: las interacciones humanas se guían por una "economía social". No sólo intercambiamos bienes materiales y dinero sino también bienes sociales —amor, servicios, información, posición—. Al hacerlo así, usamos una estrategia "minimax" —minimizar costos, maximizar recompensas—. La teoría del intercambio social no sostiene que llevemos un registro consciente de los costos y las recompensas, sólo que estas consideraciones predicen nuestra conducta. Si encontramos un automóvil vacío con las luces encendidas, podemos detenemos brevemente para probar la puerta del conductor; si está cerrada, rara vez hacemos el esfuerzo más costoso de buscar al propietario. Es más probable que le demos cambio para el teléfono a un compañero de clase (alguien que después puede correspondemos o cuya estimación codiciamos) que a un extraño.
¿Cómo podría explicar esta teoría del costo-beneficio una decisión de donar sangre? Supongamos que en su campus se está realizando una campaña de donación de sangre y alguien le pide que participe. ¿No ponderaría los costos de donar (el pinchazo de la aguja, tiempo, fatiga) contra los de no donar (culpa, desaprobación)? ¿No ponderaría además los beneficios de donar (sentirse bien por ayudar a alguien, refrigerios gratis) contra aquellos de no donar (ahorro de tiempo, incomodidad y ansiedad)? Según la teoría del intercambio social —y los estudios de donadores de sangre de Wisconsin— estos cálculos sutiles preceden a las decisiones de ayudar o no.
El interés en sí mismo disfrazado como altruismo
Las recompensas que motivan a ayudar pueden ser externas o internas. Cuando las empresas donan dinero para mejorar sus imágenes corporativas o cuando alguien ofrece a otro un aventón esperando recibir agradecimiento o amistad, la recompensa es externa. Damos para obtener. Por tanto, estamos más ávidos de ayudar a alguien atractivo para nosotros, alguien cuya aprobación deseamos.
Los beneficios de ayudar también incluyen autorrecompensas internas. Cuando estamos cerca de alguien en un apuro, típicamente respondemos con empatía. Un grito de mujer afuera de su ventana lo activa y lo angustia. Si no puede reducir su activación interpretando el grito como un chillido juguetón, entonces usted puede investigar o dar ayuda, reduciendo, por consiguiente, su angustia.
Quizá objete que el asunto del costo-beneficio es devaluante, porque saca el egoísmo del altruismo. En defensa de la teoría, sin embargo, ¿no es un punto bueno para la humanidad que podamos obtener placer por ayudar a los demás?, ¿que gran parte de nuestra conducta no es antisocial sino "prosocial"?, ¿que podemos encontrar satisfacción al dar amor? Cuanto peor seria si obtuviéramos placer sólo al servirnos a nosotros mismos.
"Es cierto", podrían replicar algunos lectores. "Pero aun así, ¿la teoría del intercambio social no implica que un acto de ayuda nunca es verdaderamente altruista, que tan sólo lo llamamos ‘altruista’ cuando sus recompensas no son tan evidentes? Si ayudamos a la mujer que grita para obtener aprobación social, aliviar nuestra angustia o mejorar nuestra autoimagen, ¿realmente es altruista?" Esto hace pensar en el análisis del altruismo de B. F. Skinner. Le damos crédito a las personas por sus buenas acciones, dijo Skinner, sólo cuando no sabemos por qué las hacen. (En el lenguaje de la teoría de la atribución, atribuimos su conducta a sus disposiciones internas sólo cuando carecemos de explicaciones externas.) Cuando las causas externas son evidentes, damos crédito a las causas, no a la persona.
Sin embargo, hay una debilidad en la teoría del intercambio social: degenera con facilidad en la explicación por medio de la denominación, es decir, poniéndole un nombre. Si alguien se ofrece de voluntaria para el programa tutorial de la Hermana Mayor, es tentador "explicar" su acción compasiva por la satisfacción que le brinda. Pero esta denominación de las recompensas después del hecho crea una explicación circular: "¿Por qué se ofreció de voluntaria?" "Debido a las recompensas internas." "¿Cómo sabes que hay recompensas internas?" "¿Por qué más se habría ofrecido como voluntaria?" Debido a esta circularidad, la doctrina filosófica del egoísmo psicológico —la idea de que el interés en uno mismo motiva toda la conducta— ha caído en descrédito. Para escapar de la circularidad, debemos definir las recompensas y los costos en forma independiente de la conducta altruista. Si la aprobación social motiva la ayuda, entonces en experimentos deberíamos encontrar que cuando la aprobación produce la ayuda, la ayuda aumenta. Y así sucede. Es mas, el análisis de costo-beneficio dice algo más. Sugiere que los espectadores pasivos que observaron cuando la telefonista era arrastrada por el violador pueden no haber actuado por apatía, pero también pudo ocurrir que la angustia los paralizó al darse cuenta de los costos potenciales de intervenir.
La empatía como fuente de altruismo genuino
¿Los héroes que salvan vidas, los donadores de sangre cotidianos y los voluntarios del Cuerpo de Paz están motivados siempre por un altruismo genuino, por un objetivo esencial de preocupación desinteresada por otro? ¿O su meta esencial siempre es alguna forma de autobeneficio, tal como el alivio de la angustia o la evitación de la culpa?
Abraham Lincoln ilustró la cuestión filosófica en su conversación con un compañero de viaje en una carreta tirada por caballos. Después de que Lincoln argumentó que el egoísmo impulsa todas las buenas acciones, observó que una cerda hacía un ruido terrible. Sus lechones se habían caído en una charca y estaban en peligro de ahogarse. Lincoln le ordenó al cochero detenerse, y él bajó y regresó a salvar a los cerditos. A su regreso, su compañero señaló: "Ahora, Abe, ¿dónde está el egoísmo en este pequeño episodio?" "Vaya, bendita tu alma, Ed, ésta fue la esencia misma del egoísmo. No hubiera tenido la conciencia tranquila durante todo el día si me hubiera ido y hubiera dejado a esa vieja cerda sufriendo y preocupándose por sus cerditos. Tenía que tranquilizar mi conciencia, ¿no lo ves?" . Hasta hace poco, los psicólogos habrían concordado con Lincoln y negado la posibilidad del altruismo genuino. Sin embargo, el psicólogo Daniel Batson teorizó que nuestra disposición a ayudar es influida tanto por el autoservicio como por consideraciones desinteresadasSentir angustia por el sufrimiento de alguien nos motiva a aliviar nuestro estado de inquietud, ya sea escapando de la situación angustiante (como el sacerdote y el levita) o ayudando (como el samaritano). Pero especialmente cuando nos sentimos vinculados con alguien, reportan Batson y sus colegas, también sentimos empatía. Los padres amorosos sufren con el sufrimiento de sus hijos y se regocijan con sus alegrías —una falta de empatía caracteriza a los que maltratan a sus hijos y a otros perpetradores de crueldad—.
Cuando sentimos empatía nos enfocamos no tanto en nuestra propia angustia como en la del que sufre. La simpatía y la compasión genuinas nos motivan a ayudar a la persona por sí misma. Esta empatía surge de manera natural. Incluso los bebés de un día de nacidos lloran más cuando escuchan llorar a otro bebé. En los cuneros de los hospitales, el llanto de un bebé en ocasiones produce un coro de llantos.
Con frecuencia la angustia y la empatía juntas motivan respuestas ante una crisis. Sentir empatía por alguien que sufre nos pone tristes. Schaller y Cialdini concluyeron que si sentíamos empatía, pero sabíamos que otra cosa también nos podía hacer sentir mejor, no era muy probable que ayudáramos.
Otros descubrimientos sugieren que el altruismo genuino puede, sin embargo, existir. Por ejemplo, la empatía produce ayuda sólo cuando las personas creen que el otro recibirá la ayuda que necesita. Más aún, las personas cuya empatía se ha activado ayudarán aun cuando crean que nadie se enterará de su ayuda. Su preocupación continúa hasta que alguien ha ayudado. Y las personas, en ocasiones, persistirán en su deseo de ayudar a otra que sufre aun cuando crean que su estado de ánimo angustiado se ha congelado temporalmente por un fármaco "fijador del estada de ánima".
Para resumir, todos están de acuerdo en que algunos actos de ayuda son obviamente egoístas (realizados para obtener recompensas o evitar el castigo) o sutilmente egoístas (hechos para aliviar la angustia interna). ¿Hay un tercer tipo de forma de ayudar: un altruismo verdadero que sólo se dirige a incrementar el bienestar del otro (y produce felicidad para el que ayuda sólo como un producto secundario)? ¿La ayuda basada en la empatía es una fuente de dicho altruismo?
NORMAS SOCIALES
A menudo ayudamos a los demás no porque hayamos calculado de manera consciente que esta conducta es para interés propio sino simplemente porque algo nos dice que debemos hacerlo. Debemos ayudar a mudarse a un nuevo vecino. Debemos apagar las luces de un automóvil estacionado. Debemos regresar la cartera que nos hemos encontrado. Debemos proteger del peligro a nuestros compañeros de combate. Las normas son expectativas sociales. Prescriben la conducta apropiada, los deberes de nuestras vidas. Los investigadores que estudian la conducta de ayuda han identificado dos normas sociales que motivan el altruismo.
La norma de la reciprocidad
El sociólogo Alvin Couldner (1960) sostiene que un código moral universal es la norma de la reciprocidad: a aquellos que nos ayudan, debemos regresarles ayuda, no daño. Gouldner creyó que esta norma es tan universal como el tabú del incesto. "Invertimos" en los demás y esperamos dividendos. Los políticos Ni saben que el que hace un favor puede esperar después otro a cambio. La norma La de la reciprocidad se aplica incluso en el matrimonio. En ocasiones uno puede dar más de lo que recibe. Pero a largo plazo, uno espera el intercambio para equilibrar. En todas estas interacciones, recibir sin dar a cambio viola la norma de la reciprocidad. Los que lo hacen pueden esperar rechazo.
La norma de la reciprocidad se aplica más fuertemente a las interacciones entre iguales. Aquellos que no se ven a sí mismos como inferiores o dependientes sienten en especial la necesidad de corresponder. Si no pueden hacerlo se sienten amenazados y rebajados por aceptar ayuda. Por tanto, comparados con las personas con baja autoestima, son más reacios a buscar ayuda. Con las personas que claramente son dependientes e incapaces de corresponder —como los niños, los muy pobres e incapacitados, y otros percibidos como incapaces de regresar tanto como reciben— otra norma social nos motiva a ayudar.
La norma de La responsabilidad social
La norma de la reciprocidad nos recuerda equilibrar lo que damos y lo que recibimos en las relaciones sociales. Sin embargo, si sólo existiera una norma de la reciprocidad, el samaritano no habría sido el buen samaritano. En la parábola, obviamente Jesús tenía en mente algo más humanitario, algo explícito en otra de sus enseñanzas: "Si amáis a aquellos que os aman [la norma de la reciprocidad], ¿qué derecho tenéis para reclamar algún crédito?... En verdad os digo, amad a vuestros enemigos".
La creencia de que se debe ayudar a quienes necesitan ayuda, sin importar intercambios futuros, es la norma de la responsabilidad social. La norma motiva a las personas a recoger un libro que se le cayó a una persona en muletas. En India, una cultura relativamente colecti-vista, la gente apoya la norma de la responsabilidad social con mayor intensidad que en el occidente individualista. Expresan la obligación de ayudar aun cuando la necesidad no sea una amenaza para la vida o aunque la persona necesitada no pertenezca al círculo familiar.
Los experimentos muestran que aun cuando los que ayudan permanezcan en el anonimato y no esperen ninguna recompensa, a menudo ayudan a las personas necesitadas. Sin embargo, por lo general aplican la norma de la responsabilidad social de manera selectiva a aquellos cuya necesidad no parezca deberse a su propia negligencia. La norma parece ser: dar a las personas que lo merezcan. Si son víctimas de las circunstancias, como en un desastre natural, entonces por todos los medios son generosos. Si parecen haber creado sus propios problemas, por flojera o falta de previsión, entonces deben tener lo que se merecen. Por tanto, las respuestas se vinculan de manera estrecha con las atribuciones. Si se atribuye la necesidad a un predicamento incontrolable, ayudamos. Si atribuimos la necesidad a las elecciones del individuo, la equidad no requiere que ayudemos; se dice que es culpa de la persona.
PSICOLOGÍA EVOLUCIONISTA
La tercera explicación del altruismo proviene de la teoría evolucionista. La psicología evolucionista sostiene que la esencia de la vida es la supervivencia de los genes. Nuestros genes nos impulsan de maneras que maximizan sus oportunidades de sobrevivir. Cuando morimos, por lo general ellos viven.
La psicología evolucionista ofrece una imagen humana humilde —una que el psicólogo Donald Campbell ha llamado una reafirmación biológica de un profundo "pecado original" de autoservicio—. Los genes responsables de predisponer a la gente a promover de manera desinteresada el bienestar de los extraños no sobrevivirían en la competencia evolucionista. El egoísmo genético predispondría, sin embargo, a dos tipos específicos de altruismo desinteresado o incluso de autosacrificio: la protección de los parientes y la reciprocidad.
Protección de los parientes
Nuestros genes determinan que cuidemos de los parientes en los que residen. Por tanto, una forma de autosacrificio que incrementaría la supervivencia de los genes es la devoción a los hijos. Los padres que prefieren el bienestar de sus hijos antes que el propio tienen mayor probabilidad de pasar sus genes a la posteridad que los padres que descuidan a sus hijos. Como dijo David Barash: "Los genes se ayudan a sí mismos siendo amables consigo mismos, aunque estén encerrados en cuerpos diferentes." Aunque la evolución favorece el altruismo hacia los propios hijos, ellos tienen menos en juego en la supervivencia de los genes de sus padres. Por tanto, los padres por lo general son más dedicados con sus hijos de lo que lo son sus hijos con ellos.
Otros parientes comparten genes en proporción a su cercanía biológica. Usted comparte una mitad de sus genes con sus hermanos y hermanas, un octavo con sus primos. Esto llevó al biólogo evolucionista J. B. 5. Haldane a bromear que aunque él no daría su vida por su hermano, se sacrificaría a sí mismo por tres hermanos —o por nueve primos—. Haldane no se habría sorprendido de que, de manera muy notable, comparados con los gemelos fraternos, los gemelos genéticamente idénticos se dan más apoyo mutuo.
El punto no es que calculemos la cercanía genética antes de ayudar, sino que la naturaleza nos programa para cuidar a nuestros parientes cercanos. La medalla Carnegie al heroísmo nunca se concede por salvar a un pariente. Eso se espera. Lo que no esperamos (y por lo tanto se premia) es el altruismo de aquellos quienes, como nuestro héroe del subterráneo Evereu Sanderson, arriesgan su propia vida para salvar la de un extraño.
También compartimos genes comunes con muchos otros. Las personas de ojos azules comparten genes particulares con otras personas de ojos de ese color. Pero, ¿cómo detectamos a las personas en las que ocurren con mayor abundancia las copias de nuestros genes? Como sugiere el ejemplo de los ojos azules, una clave estriba en las semejanzas físicas. Además, en la historia evolutiva nuestros genes se han compartido más con vecinos que con extraños. ¿Por consiguiente estamos inclinados biológicamente a actuar de modo más altruista hacia aquellos que son semejantes a nosotros y hacia los que viven cerca de nosotros? Después de desastres naturales, el orden en que se ayuda no sorprendería a un psicólogo evolucionista: primero los miembros de la familia, en segundo lugar los amigos y los vecinos, los extraños al último.
Algunos psicólogos evolucionistas dicen que también podemos esperar favoritismo étnico endogrupal —la raíz de incontables conflictos históricos y contemporáneos- señala que la aducción de parientes —favoritismo por quienes comparten nuestros genes— es "el enemigo de la civilización. Si los seres humanos tienden en gran medida. . . a favorecer a sus propios parientes y tribu, sólo es posible una cantidad limitada de armonía global"
Reciprocidad
El autointerés genético también predice la reciprocidad. Un organismo ayuda a otro, argumenta el biólogo Robert Trivers, debido a que espera ayuda a cambio (el que da espera más adelante ser el que reciba). El que no corresponde es castigado: el tramposo, el renegado y el traidor son despreciados de forma universal.
La reciprocidad funciona mejor en pequeños grupos aislados, grupos en los que se verá a menudo a las personas a quienes se les hace favores. Si un murciélago vampiro pasa uno o dos días sin comer —no puede pasar más de 60 horas sin que muera de hambre— le pide a un compañero de nido bien alimentado que regurgite comida para alimentarse. El murciélago donador lo hace con buena disposición, sacrificando pocas horas, acercándose a la inanición para que el receptor lo aproveche. Pero estos favores sólo ocurren entre compañeros de nido familiares que comparten el dar y recibir. Aquellos que siempre toman y nunca dan y aquellos que no tienen parentesco con el murciélago donador, se quedan con hambre.
Por razones similares, la reciprocidad es más fuerte en las remotas islas Cook del Pacífico Sur que en la ciudad de Nueva York. Las escuelas, ciudades, iglesias, equipos de trabajo y dormitorios pequeños conducen todos a un espíritu de comunidad en el que las personas se cuidan entre sí. Comparada con la gente que vive en ciudades pequeñas o en regiones rurales, la que vive en ciudades grandes está menos dispuesta a retransmitir un mensaje telefónico, es menos probable que envíe por correo cartas "extraviadas", coopera menos con los encuestadores, ayuda menos a un niño perdido y está menos dispuesta a hacer pequeños favores.
Si el autointerés individual gana de manera inevitable en la competencia genética, ¿entonces por qué ocurre el altruismo no recíproco hacia extraños? ¿Qué causa que una Madre Teresa actúe como lo hace?, ¿que los soldados se lancen sobre granadas?
La respuesta de Donald Campbell es que las sociedades humanas desarrollan reglas éticas y religiosas que sirven para frenar la inclinación biológica hacia el autointerés. Los mandamientos, como "Ama a tu prójimo", nos exhortan a equilibrar la preocupación por nosotros mismos con la preocupación por el grupo, y de este modo contribuir a la supervivencia del grupo. Richard Dawkins ofreció una conclusión similar: "Permítasenos tratar de enseñar la generosidad y el altruismo, porque nacemos egoístas. Déjenos comprender de qué están formados nuestros genes egoístas, porque entonces al menos tendremos la oportunidad de trastornar sus designios, algo a lo que ninguna otra especie ha aspirado siquiera".
COMPARACIÓN Y EVALUACIÓN DE LAS TEORÍAS DEL ALTRUISMO
Para este momento quizá haya notado semejanzas entre los puntos de vista del intercambio social y de la norma social y evolucionista del altruismo. Los paralelos en efecto son sorprendentes. Cada uno propone dos tipos de conducta prosocial: un intercambio recíproco y una ayuda más incondicional. Así ocurren los tres niveles de explicación complementarios. Si el punto de vista evolucionista es correcto, entonces nuestras predisposiciones genéticas deben manifestarse en los fenómenos psicológicos y sociológicos.
Cada teoría apela a la lógica. Sin embargo, cada una es vulnerable a ser considerada especulativa y posterior a los hechos. Cuando comenzamos con un efecto conocido (el dar y recibir de la vida cotidiana) y lo explicamos conjeturando un proceso de intercambio social, una "norma de reciprocidad" o un origen evolucionista, podríamos explicarlo simplemente poniéndole un nombre. El argumento de que una conducta ocurre debido a su función de supervivencia es difícil de refutar. Con visión retrospectiva, es fácil pensar que tenía que haber sido de esa manera. Si podemos explicar cualquier conducta concebible después del hecho como resultado de un intercambio social, una norma o selección natural, entonces no podemos falsificar las teorías. La tarea de cada teoría, por consiguiente, es generar predicciones que nos permitan probarla.
Una teoría efectiva también proporciona un esquema coherente para resumir una variedad de observaciones. Con base en este criterio, las tres teorías del altruismo obtienen puntuación elevada. Cada una nos ofrece una perspectiva amplia desde la cual podemos comprender tanto los compromisos duraderos de tiempo o dinero como la ayuda espontánea, como la que se estudia en los experimentos que más adelante se describen.
¿CUÁNDO AYUDAMOS?
Los psicólogos sociales tenían curiosidad e interés sobre la falta de participación de los espectadores durante acontecimientos como la violación y asesinato de Kitty Genovese. De modo que realizaron experimentos para identificar cuándo ayuda la gente en una emergencia. (No fue sino hasta poco más de una década después que su interés se enfocó también en las causas de la violencia sexual)
Más recientemente, han ampliado la cuestión para preguntar: ¿cuándo ayudarán las personas en circunstancias normales -con acciones como dar dinero, donar sangre o contribuir con su tiempo—? Examinemos estos experimentos observando primero las circunstancias que intensifican la ayuda y luego las características de la gente que ayuda.
INFLUENCIAS DE LA SITUACIÓN: CANTIDAD DE ESPECTADORES
La pasividad del espectador durante las emergencias impulsó a los comentaristas sociales a lamentar la "enajenación’; "apatía", "indiferencia~~ e impulsos sádicos inconscientes" de la actualidad. Estas explicaciones atribuyen la falta de intervención a las disposiciones de los espectadores. Esto nos permite tranquilizarnos pensando que nosotros, como personas preocupadas, sí habríamos ayudado. Pero, ¿por qué los espectadores tenían estos caracteres deshumanizados?
Observar
Veinte minutos después de que Eleanor Bradley ha caído y se ha roto la piema en una concurrida acera citadina, usted se aproxima. Sus ojos están en las espaldas de los peatones que van adelante (es mala educación mirar fijamente a los que pasan) y sus pensamientos privados están en los acontecimientos del día. Por consiguiente, ¿disminuye la probabilidad de que note a la mujer herida como lo haría si la acera estuviera casi desierta?
Para probar esta conjetura, Latané y Darley hicieron que hombres de la Universidad de Columbia llenaran un cuestionario en una habitación, ya fuera ellos solos o con dos extraños. Mientras trabajaban y eran observados a través de un espejo de una sola vista, se simulaba una emergencia: se introducía humo en la habitación a través de una ventila de la pared. Los estudiantes solitarios, quienes a menudo miraban distraídamente por la habitación mientras trabajaban, notaron el humo casi de inmediato —por lo general en menos de cinco segundos—. Los que estaban en grupo mantenían la vista en su trabajo. En promedio les tomó alrededor de 20 segundos notar el humo.
Interpretar
Una vez que notamos un evento ambiguo, debemos interpretarlo. Póngase en el caso de la habitación llenándose de humo. Aunque preocupado, no quiere pasar la vergüenza de ponerse nervioso. Mira a los demás. Se ven calmados, indiferentes. Asumiendo que todo debe estar bien, se encoge de hombros y sigue trabajando. Entonces uno de los otros nota el humo y, notando su aparente despreocupación, reacciona de manera similar. Éste es otro ejemplo de la influencia informativa. Cada persona usa la conducta de los demás como una clave de la realidad.
De modo que esto sucedió en el experimento real. Cuando los que trabajaban solos notaron el humo, por lo general dudaron un momento, luego se levantaron, caminaron hasta la ventila, sintieron, olieron y agitaron la mano ante el humo, volvieron a dudar, y finalmente fueron a reportarlo. En un dramático contraste, los que estaban en grupos de tres no se movieron. De los 24 hombres que estaban divididos en 8 grupos, sólo uno reportó el humo dentro de los primeros cuatro minutos (figura 13-3). Para el final del experimento de seis minutos, el humo era tan espeso que oscurecía la visión de los hombres, les irritaba los ojos y los hacía toser. Aun así, en tres de los ocho grupos ninguna persona se levantó para reportar el problema.
De igual interés, es que la pasividad del grupo afectó las interpretaciones de sus miembros. ¿Qué causó el humo? "Una fuga en el aire acondicionado", "Laboratorios químicos en el edificio’; "Tuberías de vapor’; "Gas de verdad". Ofrecieron muchas explicaciones. Ninguno dijo "Incendio". Los miembros del grupo, al servir como modelos que no responden, se influyeron entre sí en las interpretaciones que hicieron.
Este dilema experimental se compara con los dilemas que enfrentamos cada uno de nosotros. ¿Los gritos que vienen de afuera son simplemente por travesura o son alaridos desesperados de alguien a quien están asaltando? ¿La riña de los muchachos es una lucha amistosa o una violenta pelea? ¿La mujer desplomada en el portal está durmiendo o está gravemente enferma, quizá en un coma diabético?
A diferencia del experimento de la habitación llena de humo, sin embargo, cada una de estas
Las interpretaciones de la gente también afectan sus reacciones ante crímenes callejeros. Al representar peleas físicas entre un hombre y una mujer, Lance Shotland y Margaret Straw encontraron que los espectadores intervinieron el 65 por ciento de las ocasiones en que la mujer gritó: "Aléjese de mí; no lo conozco", pero sólo el 19 por ciento de las veces cuando gritó: "Aléjate de mí; no sé por qué me casé contigo". En la segunda situación, las personas percibieron mayor amenaza para el que interviniera y a la mujer como menos amenazada. El maltrato de la esposa, al parecer, no produce tanta preocupación como el abuso de un extraño.
Asumir la responsabilidad
Pero la interpretación errónea no fue el único factor. Aun cuando un muchacho andrajoso de 14 años de edad fuera el "ladrón", o cuando alguien abriera simultáneamente dos automóviles contiguos o cuando los mirones vieran que una persona diferente a la que se acababa de bajar estaba abriendo el automóvil, Takooshian y Bodinger reportan que casi ningún neoyorquino intentó intervenir.
¿Y qué sucede cuando lo que ocurre obviamente es una emergencia? Los que observaron que Kitty Genovese era atacada y escucharon sus súplicas de ayuda interpretaron de manera correcta lo que estaba sucediendo, pero las luces y las siluetas en las ventanas de los vecinos les dijeron que también otros estaban observando. Esto repartió la responsabilidad para la acción.
Pocos de nosotros hemos observado un asesinato. Pero a veces todos hemos reaccionado con lentitud ante una necesidad cuando otras están presentes.
A menudo no sabemos por qué actuamos como lo hacemos.
Los neoyorquinos, como otros habitantes urbanos, rara vez están solos en lugares públicos, lo cual ayuda a explicar por qué las personas citadinas a menudo son menos serviciales que las personas rurales. La "fatiga de la compasión" y la "sobrecarga sensorial" por ver tantas personas necesitadas restringen más la ayuda en las grandes ciudades.
Los grupos cohesivos son menos inhibidos respecto a ayudar que los individuos solitarios. Para resumir: la presencia de otros espectadores inhibe la ayuda si la emergencia es ambigua y los otros espectadores son extraños que no pueden leer con facilidad las reacciones del otro.
Éste parece un buen momento para volver a plantear el tema de la ética de la investigación. ¿Es correcto obligar a cientos de pasajeros del subterráneo a presenciar la aparente caída de alguien? ¿Fueron éticos los investigadores en el experimento del ataque epiléptico cuando forzaron a las personas a decidir si interrumpían o no la discusión para reportar el problema? ¿Objetaría usted de haber estado en uno de estos estudios? Nótese que sería imposible obtener su "consentimiento informado"; hacerlo echaría a perder el experimento.
En defensa de los investigadores, podemos decir que siempre se ocuparon de entrevistar a sus participantes de laboratorio. Después de explicar el experimento del ataque, tal vez el más angustiante, el experimentador dio un cuestionario a los participantes. El 100 por ciento dijo que el engaño estaba justificado y que estarían dispuestos a participar en experimentos similares en el futuro. Ninguno de los participantes reportó sentirse enojado con el experimentador. Otros investigadores también reportan que la abrumadora mayoría de los sujetos que participaron en estos experimentos dijeron después que su participación fue tanto instructiva como éticamente justificada. En los experimentos de campo, un cómplice asistía a la víctima si nadie más lo hacía, de esta manera tranquilizaba a los espectadores de que el problema se había atendido.
Además, recuerde que el psicólogo social tiene una doble obligación ética: proteger a los participantes y fomentar el bienestar humano al descubrir influencias en la conducta humana. Estos descubrimientos pueden alertamos de influencias no deseadas y mostrarnos cómo podríamos ejercer influencias positivas. Por tanto, el principio ético parece ser: después de proteger el bienestar de los participantes, los psicólogos sociales cumplen con su responsabilidad social haciendo estas investigaciones.
INFLUENCIAS DE LA SITUACIÓN: AYUDAR CUANDO ALGUIEN MÁS LO HACE
Si los modelos agresivos pueden aumentar la agresión (capítulo 11) y si los modelos no responsivos pueden incrementar la falta de respuesta, ¿entonces los modelos que ayudan promoverían el ayudar? Lmaginese escuchando un estruendo seguido por llantos y quejidos. Si la reacción de otro espectador implicara: "Oh. ¡Esta es una emergencia! Tengo que hacer algo’; ¿estimularía que otros ayudaran?
La evidencia es clara: los modelos prosociales promueven el altruismo. Philippe Rushton y Anne Campbell encontraron que las personas por lo general no están dispuestas a donar sangre, a menos que se les pida después de que observaron a un cómplice consintiendo en donar.
En ocasiones los modelos contradicen en la práctica lo que predican. Los padres pueden aconsejar a sus hijos: "Haz lo que digo, no lo que hago." Los experimentos muestran que los niños aprenden juicios morales tanto de lo que escuchan predicar como de lo que ven practicar. Cuando son expuestos a modelos hipócritas, imitan: hacen y dicen lo mismo que el modelo.
Sin embargo, no todos los modelos son emulados. El ejemplo puesto por un modelo desagradable puede ser contraproducente. Imagínese como uno de los varios cientos de residentes de Madison, Wisconsin, que encontraron un sobre con destinatario en el que se veían varios documentos personales. Envuelta alrededor de los documentos había una nota de alguien que había encontrado el sobre pero lo había vuelto a tirar. En la nota, el que lo encontró primero se identificaba como un sudafricano blanco que estaba "muy desilusionado por lo egocéntricos e infantiles que eran los estadounidenses". La nota agregaba: "Tienen mucho que aprender de la forma honesta en que mantenemos a raya a nuestros negros" y ‘Debo decir que me molesta verme implicado en el problema de regresar estas cosas". En estas condiciones —tener un modelo repulsivo a quien le desagradaba ayudar— casi las tres cuartas partes de los que encontraron el sobre en segundo término remitieron los sobres. Al parecer el sujeto típico pensó: "Si él está en contra de ayudar, yo lo haré." Cuando el modelo fue desagradable, aunque expresaba alegría por ayudar, sólo alrededor de la mitad de los que hallaron en segundo término el sobre lo remitieron: "No estoy seguro de desear estar de acuerdo con lo que hace un pelmazo como éste."
INFLUENCIAS DE LA SITUACIÓN: PRESIONES DE TIEMPO
Darley y Batson distinguieron otro factor determinante de la ayuda en la parábola del buen samaritano. Tanto el sacerdote como el levita eran personas ocupadas e importantes, que probablemente se apresuraban a cumplir con sus deberes. El samaritano humilde de seguro estaba menos presionado por el tiempo. Para ver si las personas con prisa se comportarían como lo hicieron el sacerdote y el levita, Darley y Batson representaron de manera inteligente la situación descrita en la parábola.
Después de que los estudiantes ordenaron sus ideas antes de grabar una breve charla (la cual, para la mitad de los participantes, fue sobre la parábola del buen samaritano), los estudiantes del Seminario Teológico de Princeton se dirigieron a un estudio de grabación en un edificio contiguo. En el camino, pasaron junto a un hombre que estaba desplomado en una puerta, con la cabeza baja, tosiendo y quejándose. A algunos de los estudiantes se les había enviado con tiempo suficiente: ‘Tardarán algunos minutos antes de que ellos estén listos para ustedes, pero muy bien podrían dirigirse allá de una vez." De éstos, casi dos tercios se detuvieron a ofrecer ayuda. A otros les dijeron: "Oh, se les hace tarde. Los están esperando desde hace algunos minutos.. . será mejor que se apuren". De éstos, sólo el 10 por ciento ofreció ayuda.
Reflexionando sobre estos hallazgos, Darley y Batson señalaron:
Una persona que no lleva prisa puede detenerse y ofrecer ayuda a otra que esté en problemas. Una persona con prisa es probable que siga de largo. De manera irónica, es probable que siga su camino aun si su prisa es para hablar sobre la parábola del buen samaritano, confirmando por tanto en forma inadvertida el punto de la parábola. (En efecto, en varias ocasiones, ¡un estudiante del seminario que iba a dar su plática sobre la parábola del buen samaritano literalmente se tropezó con la víctima mientras se apresuraba a llegar!)
Ésta es una de las escenas más irónicamente humorísticas que se observó alguna vez en un experimento psicológico social: un "sacerdote" contemporáneo pasando de largo ante una víctima desplomada y quejumbrosa mientras reflexiona sobre la parábola del buen samaritano.
¿Somos injustos con los estudiantes del seminario cuya prisa se debía, después de todo, en llegar a tiempo para ayudar al experimentador? Quizá ellos sintieron profundamente la norma de la responsabilidad social pero la encontraron tirando en dos direcciones —hacia el experimentador y hacia la víctima—. En otra representación de la situación del buen samaritano, Batson y sus asociados dirigieron a 40 estudiantes de la Universidad de Kansas a un experimento en otro edificio. A la mitad se les dijo que era tarde; la mitad sabía que tenían tiempo de sobra. Además, a la mitad se le hizo pensar que su participación era vital para el experimentador y la otra mitad pensaba que no era esencial. Los resultados: aquellos a quienes, como el Conejo Blanco en Alicia en el País de las Maravillas, se les hacía tarde para una cita muy importante rara vez se detuvieron a ayudar. Tenían una presionante obligación social en alguna otra parte. Los que se dirigían a un compromiso sin importancia por lo general se detenían a ayudar.
¿Podemos concluir que los que tenían prisa fueron insensibles? ¿Los seminaristas notaron la angustia de la víctima y luego de manera consciente eligieron ignorarla? No. En su prisa, nunca comprendieron por completo la situación. Apurados, preocupados, corriendo para respetar un plazo fijado, simplemente no tuvieron tiempo para sintonizar a la persona necesitada.
INFLUENCIAS PERSONALES: SENTIMIENTOS
Hemos considerado las influencias externas en la decisión de ayudar: cantidad de espectadores, modelo, prisa y características de la persona necesitada. También necesitamos considerar los factores internos, como el estado emocional o rasgos personales del que ayuda.
Culpa
A lo largo de la historia registrada, la culpa ha sido una emoción dolorosa, tan dolorosa que las culturas han institucionalizado formas de aliviarla: sacrificios animales y humanos, ofrendas de granos y dinero, conducta penitente, confesión, negación. En el antiguo Israel, los pecados de las personas se echaban en un "chivo expiatorio" que luego era conducido al desierto para que se llevara lejos la culpa de las personas.
Para examinar las consecuencias de la culpa, los psicólogos sociales han inducido a las personas a transgredir: a mentir, á administrar choques a golpear sobre una mesa llena de tarjetas alfabetizadas, a romper una máquina, a engañar. Después, se ofreció a los participantes cargados de culpa una manera de aliviarla:
confesando, menospreciando al perjudicado o haciendo una buena acción para compensar la mala. Los resultados son notablemente consistentes: las personas harán lo que puedan para borrar la culpa y restaurar su autoimagen.
Imagínese como un participante en uno de los experimentos realizados con estudiantes de la Universidad Estatal de Mississippi por David McMillen y James Austin. Usted y otro estudiante, cada uno buscando ganar un crédito para un requisito del curso, llegan para el experimento. Poco después, entra un cómplice, describiéndose a sí mismo como un sujeto previo que busca un libro que se le perdió. Sostiene una conversación en la que menciona que el experimento consiste en resolver una prueba de opción múltiple en la que la mayoría de las respuestas correctas son "B". Después de que el cómplice se marcha, llega el experimentador, explica el experimento y luego pregunta: "¿Alguno de ustedes ha estado en este experimento antes o ha escuchado algo acerca de él?"
¿Mentiría usted? La conducta de aquellos que le han antecedido en este experimento —el 100 por ciento de los cuales dijo la pequeña mentira— sugiere que usted lo haría. Después de que ha resuelto la prueba (sin recibir ninguna retroalimentación al respecto), el experimentador dice: "Se pueden ir. Sin embargo, si tienen algo de tiempo libre, podría usar su ayuda para calificar algunos cuestionarios."
La avidez para hacer el bien después de hacer el mal refleja la necesidad de reducir la carga de culpa privada y restaurar nuestra autoimagen vapuleada así como nuestro deseo de recuperar una imagen pública positiva. Es más probable que nos redimamos a nosotros mismos con conducta servicial cuando otras personas conocen acerca de nuestras fechorías De manera alternativa, confesar públicamente una fechoría puede producir simpatía y perdón . Pero aun cuando nuestra culpa sea privada, actuamos para reducirla.
Estado de ánimo negativo
Si la culpa incrementa la ayuda, ¿otros sentimientos negativos harán lo mismo? Si, deprimido por una mala calificación, ve usted que a alguien se le caen sus papeles en la acera, ¿sería más probable de lo usual que le ayudara? ¿O menos probable?
A primera vista, los resultados son confusos. Poner a las personas en un estado de ánimo negativo (haciéndolas leer o pensar algo triste) a veces incrementa el altruismo, otras lo disminuye. Esta aparente contradicción despierta el espíritu detectivesco de los científicos. Si observamos de cerca, encontramos orden en medio de la confusión. Primero, los estudios en los que el estado de ánimo negativo disminuyó la ayuda por lo general implicaban a niños; aquellos que encontraron un incremento de la ayuda por lo general estudiaron a adultos. ¿Por qué cree usted que un estado de ánimo negativo afecta de modo diferente a los niños y a los adultos?
Robert Cialdini, Douglas Kenrick y Donald Baumann suponen que para los adultos el altruismo es autogratificante. Lleva sus propias recompensas internas. Los donadores de sangre se sienten mejor consigo mismos por haber donado. Los estudiantes que ayudan a levantar materiales tirados se sienten mejor consigo mismos después de ayudar . Por tanto, cuando un adulto siente culpa, tristeza o cualquier otro estado de ánimo negativo, una acción servicial (o cualquier otra experiencia que levante el ánimo) ayuda a neutralizar los malos sentimientos.
Esto implica (y los experimentos lo confirman) que un estado de ánimo negativo no fomentaría la ayuda si una persona recibe primero algún otro aliciente para el ánimo (encuentra dinero o escucha una cinta humorística). Del mismo modo, si las personas creen que un fármaco ha fijado de manera temporal su estado de ánimo, entonces un estado de ánimo negativo no afecta su disposición de ayudar. Repitiendo: si ser servicial es una manera de mejorar el estado de ánimo, un adulto triste es servicial.
¿Por qué esto no funciona con los niños? Cialdini, Kenrick y Baumarm argumentan que el altruismo no es recompensante de manera igual para los niños. Cuando leen cuentos, los niños pequeños ven a los personajes que no son serviciales como más felices que los serviciales; conforme crecen, sus puntos de vista se invierten (Perry y cols., 1986). Aunque los niños pequeños exhiben empatía, no sienten mucho placer al ser serviciales; esta conductá es un producto de la socialización —o así lo creyeron Cialdini y sus colegas—.
Para probar su creencia, hicieron que niños de los primeros y últimos grados de primaria y de bachillerato recordaran experiencias tristes o neutrales antes de tener la oportunidad de donar cupones premiados en privado a otros niños. Cuando estaban tristes, los niños más pequeños donaron un poco menos, los grupos intermedios donaron un poco más y el grupo de adolescentes donó significativamente más. Sólo los adolescentes parecían encontrar que la generosidad era una técnica autogratificante para alegrarse.
Como señalaron los investigadores, estos resultados son consistentes con la perspectiva evolucionista de Donald Campbell. Nacemos egoístas; por tanto debemos adoctrinar socialmente el altruismo. Estos resultados también son consistentes con el punto de vista de que el altruismo madura de manera natural con la edad, conforme el niño mira las cosas desde la perspectiva de otra persona. Quizá alguna combinación de estas ideas (el altruismo como socializado, el altruismo como natural) esté más cerca de la verdad.
Excepciones del efecto de sentirse mal-hacer bien
¿De modo que entre adultos bien socializados debemos esperar siempre el fenómeno "sentirse mal-hacer bien"? No. Un estado de ánimo negativo, el enojo, produce cualquier cosa menos compasión. Otra excepción al fenómeno es la depresión, la cual se caracteriza por rumiar la preocupación por sí mismo sin que se acompañe por preocupación social. Otra excepción es la pena profunda. Las personas que sufren la pérdida de un cónyuge o un hijo, sea por muerte o por separación, a menudo pasan por un periodo de intensa preocupación por sí mismas, un estado que hace difícil darse a sí mismo.
En resumen, el efecto sentirse mal-hacer el bien ocurre con personas cuya atención está en los demás, personas para las que el altruismo es por consiguiente recompensante. Así que, a menos que estén preocupados por sí mismos, las personas tristes son personas sensibles y serviciales.
Estado de ánimo positivo
¿Las personas felices no son serviciales? Por el contrario. Hay pocos hallazgos más consistentes en toda la literatura de la psicología: las personas felices son personas serviciales. Este efecto ocurre tanto en niños como en adultos, sin importar si el buen humor proviene de un éxito que realza el yó, de tener pensamientos felices o cualquiera de otras diversas experiencias positivas. Una mujer recordó su experiencia después de enamorarse:
En la oficina, me costaba trabajo controlar mis deseos de gritar lo delirantemente feliz que me sentía. El trabajo era fácil; las cosas que en ocasiones anteriores me habían fastidiado las tomaba con calma. Y tenía fuertes impulsos de ayudar a los demás; deseaba compartir mi alegría. Cuando la máquina de escribir de Mary se rompió, casi salté para ponerme de pie y ayudarla. ¡A Mary! ¡Mi antigua "enemiga"! (Tennov, 1979, p. 22.)
Si las personas tristes en ocasiones son más serviciales, ¿cómo puede ser que las personas felices también sean serviciales? Los experimentos revelan que varios factores están en funcionamiento. El ayudar suaviza el mal humor y sostiene un buen humor. Un estado de ánimo positivo, a su vez, conduce a pensamientos positivos y a una autoestima positiva, lo cual nos predispone a una conducta positiva. En un buen estado de ánimo —después de que se nos da un obsequio o mientras sentimos el cálido brillo del éxito— las personas tienen mayor probabilidad de tener pensamientos positivos y tener asociaciones positivas con ser servicial. Los pensadores positivos tienen probabilidad de ser actores positivos.
INFLUENCIAS PERSONALES: RASGOS DE PERSONALIDAD
Hemos visto que el estado de ánimo y la culpa afectan de manera dramática el altruismo. ¿Hay efectos dramáticos similares provenientes de los rasgos de u que personalidad duraderos? Seguramente algunos rasgos deben distinguir a los tipos Madre Teresa.
Por muchos años los psicólogos sociales no pudieron descubrir un rasgo de personalidad individual que predijera la conducta altruista con algo cercano a, poder predictivo de los factores de la situación, la culpa y del estado de ánimo. Se encontraron relaciones moderadas entre la ayuda y ciertas variables de personalidad, como la necesidad de aprobación social. Pero, en general, las pruebas de personalidad no identificaron a los que brindan ayuda. Así, la conclusión prevaleciente en 1980 era que la situación podía afectar poderosamente la disposición a ayudar y que la personalidad hacía poca diferencia. Si esto le suena familiar, podría ser de una conclusión semejante a la que llegaron los investigadores del conformismo: el conformismo, también, pareció más influido por la situación que por rasgos de personalidad medibles. Quizá, sin embargo, el quiénes somos afecta qué hacemos. Las medidas de actitudes y de rasgos rara vez predicen un acto específico, lo cual es lo que miden la mayoría de los experimentos sobre altruismo, en contraste con el altruismo de toda la vida de una Madre Teresa. Pero predicen mejor la conducta promedio a lo largo de muchas situaciones.
Los investigadores de la personalidad han respondido al desafío, primero demostrando las diferencias individuales en la ayuda y mostrando que estas diferencias persisten a lo largo del tiempo y son observadas por nuestros semejantes. Segundo, los investigadores han reunido pistas de la red de rasgos que predisponen a una persona a ayudar. Indicios preliminares muestran que aquellos que tienen una emotividad, empatía y autoeficacia elevadas es más probable que sean preocupados y serviciales. Tercero, la personalidad influye en la manera en que las personas reaccionan a situaciones particulares. Las personas con automonitoreo elevado, altamente sensibles a las expectativas de las personas, son especialmente serviciales si piensan que la ayuda será socialmente recompensante. Las opiniones de los demás les importan menos a las personas guiadas internamente con automonitoreo bajo.
INFLUENCIAS PERSONALES: RELIGIOSIDAD
La mayor parte de los estudios del altruismo exploran actos de ayuda espontáneos. Enfrentadas con una emergencia menor, las personas que reportaron sus creencias o compromisos como altamente religiosos no son más responsivos de manera notoria. Ahora, algunos investigadores han comenzado también a explorar la ayuda planeada: el tipo de ayuda sostenida proporcionada por los voluntarios del SIDA, los ayudantes del Hermano Mayor y la Hermana Mayor, y los que apoyan las organizaciones de servicio del campus. Es cuando se hacen elecciones intencionales acerca del altruismo a largo plazo que la religiosidad predice el altruismo.
En el Colegio Earlham, Peter Benson y sus colegas (1980) encontraron que los estudiantes comprometidos religiosamente ofrecieron más horas voluntarias como tutores, trabajadores de servicio social, y haciendo campañas para la justicia social que los estudiantes que no tenían ese tipo de compromiso religioso. Entre el 12 por ciento de estadounidenses a quienes George Gallup clasificó como "muy comprometidos espiritualmente", el 46 por ciento dijo que en la actualidad estaban trabajando entre los pobres, los enfermos o los ancianos —muchos más que el 22 por ciento de los que estaban "altamente no comprometidos"—. En una encuesta Gallup de seguimiento, se encontró que el servicio social y de caridad voluntarios se realizaban por el 28% de quienes calificaron a la religión como "no muy importante" en sus vidas y por el 50 por ciento de los que la calificaron como "muy importante".
Más aún, la broma de Sam Levenson, "Cuando se trata de dar, algunas personas se detienen por cualquier cosa", rara vez es verdad con los miembros de la iglesia y de la sinagoga. En una encuesta Gallup que se realizó en 1987, los estadounidenses que dijeron que nunca asistían a una iglesia o sinagoga reportaron que daban el 1.1 por ciento de sus ingresos; mientras que, quienes asistían todas las semanas fueron dos y media veces más generosos. Este 24% de la población dio el 48 por ciento de todas las contribuciones caritativas. Las otras tres cuartas partes de los estadounidenses la mitad restante. Una encuesta Gallup de seguimiento realizada en 1990 por el Sector Independiente confirmó este patrón: los no asistentes reportaron dar el 0.8 por ciento de su ingreso familiar. Aquellos que asistían a servicios religiosos una o dos veces al mes dieron cuando mucho el doble, 1.5 por ciento. Los asistentes semanales dieron otra vez el doble, cuando mucho 3.8 por ciento. El deseo de recompensas sociales y personales puede ayudar a motivar esta generosidad. No obstante, la influencia religiosa en la ayuda planeada es significativa.
¿A QUIÉN LE AYUDAMOS?
Cuando consideramos la norma de la responsabilidad social notamos la tendencia a ayudar a los que más lo necesitan, a los que más lo merecen. En el experimento del subterráneo, la "víctima" recibió ayuda más rápidamente cuando llevaba un bastón que cuando llevaba una botella de licor. Los compradores en una tienda de abarrotes están más dispuestos a dar cambio a una mujer que desea comprar leche que a una que quiere comprar pasta para galletas.
GÉNERO
Si, en efecto, la percepción de la necesidad de otros determina fuertemente la disposición de las personas a ayudar, ¿las mujeres, si son percibidas como menos competentes y más dependientes, reciben más ayuda que los hombres? En los Estados Unidos, en efecto así sucede.
Cuando los ayudadores potenciales fueron hombres, fue más probable que las víctimas que eran mujeres recibieran ayuda que las víctimas que eran hombres en 4 de 5 estudios. Cuando los ayudadores potenciales fueron mujeres, las mujeres y los hombres tuvieron igual probabilidad de recibir ayuda. Varios experimentos han encontrado que las mujeres con automóviles descompuestos (por ejemplo, con una llanta desinflada) obtuvieron muchos más ofrecimientos de ayuda que los hombres. Del mismo modo, las mujeres solas que pedían aventón recibieron muchas más ofertas de ayuda que los hombres solos o las parejas.
Por supuesto, la caballerosidad de los hombres hacia las mujeres solas puede estar motivada por algo distinto al altruismo. Algunos de los hombres serviciales pueden razonar que el costo de ayudar es mínimo (al menos en términos del riesgo para la propia seguridad), pero los beneficios potenciales son máximos.
De modo que no es muy sorprendente enteramos de que los hombres ayudan con más frecuencia a las mujeres atractivas que a las mujeres menos atractivas.
Las mujeres no sólo reciben más ofertas de ayuda en ciertas situaciones, también buscan más ayuda. Tienen el doble de probabilidad de buscar ayuda médica y psiquiátrica. Constituyen la mayoría de la gente que llama a los programas de radio de asesoría y de los clientes de los centros de asesoría universitarios. Con mayor frecuencia reciben con agrado la ayuda de los amigos. Arie Nadler un experto en la búsqueda de ayuda, de la Universidad de Tel Aviv, atribuye esto a las diferencias que determina el género en independencia contra interdependencia.
SEMEJANZA
Debido a que la semejanza conduce al agrado y el agrado conduce a la ayuda, también nos inclinamos a ayudar a los que son semejantes a nosotros. El sesgo de la semejanza se aplica tanto a la forma de vestir como a las creencias.
¿El sesgo de la semejanza se extiende a la raza? Durante la década de 1970, los investigadores exploraron esta cuestión con resultados confusos: algunos estudios encontraron un sesgo hacia la misma raza. Otros no encontraron sesgo. Y otros más —sobre todo los que implicaban situaciones cara a cara— encontraron un sesgo hacia ayudar a aquellos de una raza diferente. ¿Existe una regla general que resuelve estos hallazgos aparentemente contradictorios?
Pocas personas desean parecer prejuiciosas. Por tanto una posibilidad es que las personas favorecen a su propia raza, pero mantienen en secreto este prejuicio para preservar una imagen positiva. De ser así, el sesgo hacia la misma raza debería aparecer sólo cuando la falta de ayuda a alguien de otra raza puede ser atribuida a factores distintos a la raza. Esto es lo que sucedió en los experimentos de Samuel Gaertner y John Dovidio. Por ejemplo, mujeres blancas de la Universidad de Delaware estuvieron menos dispuestas a ayudar a "mujeres en apuros" negras que a blancas si su responsabilidad podía difundirse entre los espectadores ("No ayudé a la mujer negra porque ahí había otros que podían hacerlo"). Cuando no había otros espectadores, las mujeres fueron serviciales por igual con las mujeres negras y con las blancas. La regla parece ser: cuando las normas para la conducta apropiada están bien definidas, los blancos no discriminan; cuando las normas son ambiguas o conflictivas, la semejanza racial puede sesgar las respuestas.
¿CÓMO SE PUEDE INCREMENTAR LA AYUDA?
Como científicos sociales, nuestra meta es comprender la conducta humana y por tanto también sugerir maneras de mejorarla. Por consiguiente nos preguntamos cómo podríamos aplicar los conocimientos obtenidos a partir de la investigación sobre el altruismo para incrementarlo.
DESHACER LAS RESTRICCIONES PARA LA AYUDA
Una manera de promover el altruismo es invertir aquellos factores que lo inhiben. Dado que las personas con prisa y preocupadas tienen menos probabilidad de ayudar, ¿podemos pensar en formas de alentarlas a disminuir su prisa y voltear su atención hacia el exterior? Si la presencia de otros disminuye el sentido de responsabilidad de cada espectador, ¿cómo podemos incrementarla?
Reducir la ambigüedad, incrementar la responsabilidad
Si el árbol de decisión de Latané y Darley describe los dilemas que enfrentan los espectadores, entonces ayudar a las personas a interpretar un incidente de manera correcta y a asumir la responsabilidad debe incrementar su involucramiento. Leonard Bickman y sus colegas probaron esta presunción en una serie de experimentos sobre reportes de crímenes. En cada uno, compradores de supermercado o de librería fueron testigos de un robo. Algunos testigos habían visto señales que intentaban sensibilizarlos hacia el robo e informarles cómo reportarlos, pero las señales tuvieron poco efecto. Otros testigos escucharon a un espectador interpretar el incidente: ‘Vaya, mírenla. Está robando. Puso eso en su bolso." (El espectador entonces se iba a buscar un niño perdido.) Otros más escucharon a esta persona agregar: "Nosotros la vimos. Debemos reportarlo. Es nuestra responsabilidad." Ambos comentarios cara a cara aumentaron de manera sustancial los reportes del crimen.
El poder de la influencia personal ya no está en duda. Robert Foss encuestó a varios cientos de donadores de sangre y encontró que los donadores neófitos, a diferencia de los veteranos, por lo general estaban ahí por invitación personal de alguien. Leonard Jason y sus colaboradores confirmaron que las invitaciones personales para donación de sangre son mucho más efectivas que los carteles y anuncios en los medios masivos de comunicación —si la apelación personal proviene de amigos—. Las apelaciones no verbales también pueden ser efectivas cuando son personalizadas. Mark Snyder y sus colaboradores encontraron que los que pedían aventones duplicaron el número de ofertas de viajes viendo a los conductores directo a los ojos. Una aproximación personal nos hace sentir menos anónimos, más responsables.
Henry Solomon y Linda Solomon confirmaron los beneficios de reducir el anonimato. Encontraron que los espectadores se habían identificado entre sí —por nombre, edad, etcétera— tuvieron mayor probabilidad de ofrecer ayuda a una persona enferma que los espectadores anónimos. Del mismo modo, cuando una experimentadora vio a los ojos a otro comprador y le dedicó una sonrisa amable antes de subirse a un elevador, ese comprador tuvo una probabilidad mayor que otros de ofrecer ayuda cuando la experimentadora dijo más tarde: "Maldición. Dejé mis anteojos. ¿Alguien puede decirme en qué piso están las sombrillas?" Incluso una conversación trivial momentánea con alguien —"Perdón, ¿no es usted la hermana de Suzie Spear?" "No, no soy"— aumentó de manera dramática la ayuda posterior de la persona.
La ayuda también se incrementa cuando uno espera volver a encontrarse con la víctima y otros testigos. Cualquier cosa que personalice a los espectadores —una solicitud personal, contacto ocular, decir su nombre, anticipar la interacción— incrementa la disposición a ayudar.
El tratamiento personal probablemente hace más conscientes de sí mismos a los espectadores y, por consiguiente, los pone más a tono con sus propios ideales altruistas. Recuerde que las personas que se hacen conscientes de sí mismas actuando frente a un espejo o cámara de televisión exhiben un incremento de la consistencia entre actitudes y acciones. En contraste, las personas "desindividualizadas" son menos responsables. Por tanto, las circunstancias que promueven la conciencia de sí mismos —tarjetas con su nombre, ser observados y evaluados, un silencio no distractor— también deberían ayudar. Del mismo modo, los peatones a quienes alguien acababa de hacerles una fotografía se volvieron con una mayor probabilidad de ayudar a otro peatón a levantar sobres tirados. Ser conscientes de sí mismas, aunque no preocupadas por sí mismas, hace más probable que las personas pongan en práctica sus ideales.
Culpa y preocupación por la autoimagen
Antes mencionamos que las personas que sienten culpa actuarán para reducirla y restablecer su valía. ¿El aumento de la conciencia de las personas de sus transgresiones incrementaría, por consiguiente, el deseo de ayudar? Un equipo de investigación del Colegio Reed dirigido por Richard Katzev se lo preguntó. Así que cuando los visitantes del Museo de Arte de Portland desobedecieron una señal de "Favor de no tocar’; los experimentadores reprendieron a algunos de ellos: "Por favor no toque los objetos. Si todos los tocan, se deterioraran." Del mismo modo, cuando los visitantes del Zoológico de Portland les dieron alimentos no autorizados a los osos, algunos de ellos fueron amonestados con: "Oiga, no les dé alimentos no autorizados a los animales. ¿No sabe que puede dañarlos?" En ambos casos, el 58 por ciento de los sujetos ahora cargados de culpa ofrecieron ayuda poco después a otro experimentador que había dejado caer algo "por accidente". De aquellos que no fueron reprendidos, sólo un tercio ayudó.
Las personas también se preocupan por su imagen pública. Cuando Robert Cialdini y sus colegas pidieron a algunos de sus estudiantes de la Universidad Estatal de Arizona que acompañaran a niños delincuentes en una visita al zoológico, sólo el 32 por ciento accedieron a hacerlo. Con otros estudiantes el interrogador hizo primero una solicitud muy grande: que los estudiantes se comprometieran dos años como consejeros voluntarios para niños delincuentes.
Después de obtener la puerta en las narices en respuesta a esta sólicitud (todos Técnica se
Clasificar a las personas como serviciales también puede fortalecer una autoimagen servicial. Después de haber hecho una contribución caritativa, Robert Kraut les dijo a algunas mujeres de Connecticut: "Usted es una persona generosa." Dos semanas después, estas mujeres estuvieron más dispuestas a cooperar que aquellas que no fueron clasificadas así, a contribuir con una caridad diferente. Del mismo modo, Angelo Strenta y William DeJong les dijeron a unos estudiantes que una prueba de personalidad había revelado que "usted es una persona amable y seria". Estos estudiantes tuvieron después mayor probabilidad que otros de ser amables y serios con un cómplice que tiró un montón de tarjetas para computadora.
SOCIALIZACIÓN DEL ALTRUISMO
Si podemos aprender el altruismo, ¿entonces cómo podríamos enseñarlo? Aquí hay tres maneras.
Enseñanza de la inclusión moral
Los rescatadores de judíos en la Europa nazi, los líderes del movimiento antiesclavista estadounidense en los años de 1840 y 1850 y los médicos misioneros comparten al menos una cosa en común: incluyen a personas diferentes a ellos dentro del círculo humano en el que se aplican sus valores morales y sus reglas de justicia. Estas personas son inclusivas moralmente.
La exclusión moral —omitir a ciertas personas de nuestro círculo de preocupación moral— tiene el efecto opuesto. Justifica toda clase de daño, desde la discriminación hasta el genocidio). La explotación o crueldad se vuelven aceptables, incluso apropiadas, hacia aquellos que consideramos como no merecedores o como no personas. Los nazis excluyeron a los judíos de su comunidad moral; sucede igual con cualquiera que participe en actos de esclavismo, en escuadrones de la muerte o en torturas.
Un primer paso hacia la socialización del altruismo es, por consiguiente, contrarrestar el natural sesgo hacia el endogrupo que favorece a los parientes y a la tribu ampliando la gama de personas cuyo bienestar nos preocupe. Daniel Batson señala cómo las enseñanzas religiosas hacen esto. Estas extienden el alcance del altruismo vinculado con el parentesco exhortando el amor "fraternal" hacia todos nuestros semejantes "hijos de Dios" en la "familia" humana entera. Si todos son parte de nuestra familia, entonces todos tienen un derecho moral sobre nosotros. Los límites entre "nosotros" y "ellos" se desvanecen. Educar a los niños para que tengan un sentido seguro del yo también ayuda, permitiéndoles aceptar la diversidad social sin sentirse amenazados.
Modelamiento del altruismo
Antes aprendimos que cuando vemos a espectadores no responsivos es probable que tampoco nosotros ayudemos. Si vemos a alguien ayudando, es más probable que también nosotros ofrezcamos ayuda. Un efecto similar de modelamiento ocurrió dentro de las familias de cristianos europeos que arriesgaron sus vidas para rescatar judíos en las dtcadas de 1930 y 1940 y de los activistas de los derechos civiles a fines de la década de 1950. En ambos casos estos altruistas excepcionales tenían relaciones cercanas y afectuosas con al menos uno de sus padres que era, del mismo modo, un "moralista" fuerte o estaba comprometido con causas humanitarias. Su familia —y a menudo sus amigos y su Iglesia—les habían enseñado la norma de ayudar y cuidar a los demás. Esta "orientación valorativa prosocial" los llevó a incluir a personas de otros grupos en su circulo de preocupación moral y a sentirse responsables por el bienestar de los demás. Las personas criadas por padres extremadamente punitivos, como en el caso de muchos delincuentes, criminales crónicos y asesinos masivos como los nazis, muestran mucha menos empatía y cuidado por los principios que los rescatadores altruistas tipificados mucho después de la época nazi.
¿Los modelos positivos de la televisión promueven la ayuda, del mismo modo que sus representaciones agresivas promueven la agresión? Los modelos prosociales expuestos en la televisión en realidad han tenido efectos aún mayores que sus modelos antisociales. Susan Hearold combinó estadísticamente 108 comparaciones de programas prosociales con programas neutrales o ningún programa. Encontró que, en promedio: "Si el espectador veía programas prosociales en vez de programas neutrales, se elevaría al (menos de forma temporal del 50 al 74 percentil en conducta prosocial —típicamente altruismo"
Atribuir la conducta de ayuda a motivos altruistas
Otra clave para socializar el altruismo proviene de la investigación sobre el efecto de la justificación exagerada: cuando la justificación para un acto es más que suficiente, la persona lo puede atribuir a la justificación extrínseca más que a un motivo interno. Recompensar a las personas por hacer lo que habrían hecho de todas maneras socava por consiguiente la motivación intrínseca. Podemos plantear el principio de forma positiva: al proporcionar a las personas la justificación apenas suficiente para impulsar una buena acción (apartándolas de sobornos y amenazas tanto como sea posible), se podría incrementar su placer al realizar esas acciones por sí mismas.
Cuando la gente se pregunta: ¿Por qué ayudo?", es mejor si las circunstancias le permiten responder: "Porque la ayuda era necesaria y yo soy una persona preocupada, entregada y servicial." Cualquier cosa más allá de esto puede socavar los sentimientos altruistas.
Las recompensas socavan la motivación intrínseca cuando funcionan como sobornos controladores. Un agradecimiento no anticipado, sin embargo, puede fomentar la motivación intrínseca, y hacer que las personas se sientan competentes y valiosas. Cuando Joe es coaccionado con: "Si dejas de ser gallina y das sangre ganaremos el premio de la fraternidad por más donaciones", él probablemente no atribuirá su donación a altruismo. Cuando Jocelyn es recompensada con: "Fue maravilloso que decidieras ocupar una hora en una semana tan atareada para dar sangre", es más probable que se lleve una autoimagen altruista —y por tanto que vuelva a contribuir—..
En efecto, muchas personas comienzan donando sangre por los incentivos y las presiones sociales pero con las donaciones repetidas se vuelven cada vez más automotivados. La bondad, como el mal, a menudo evoluciona con pasos pequeños. Los gentiles que salvaron judíos a menudo comenzaron con un compromiso pequeño —ocultar a alguien por un día o dos—. Después de dar este paso, comenzaron a verse de modo diferente, como personas que ayudan, y entonces se involucraron cada vez más intensamente.
Aprender respecto al altruismo
Los investigadores han encontrado otra manera de fomentar el altruismo, una que proporciona una conclusión feliz a nuestro capítulo. Algunos psicólogos sociales se preocupan de que conforme las personas se enteran más de los hallazgos de la psicología social su conducta pueda cambiar, invalidando por tanto los hallazgos (Gergen, 1983). ¿Aprender respecto a los factores que inhiben el altruismo reduce su influencia? En ocasiones, este "esclarecimiento" no es nuestro problema sino una de nuestras metas.
Experimentos con estudiantes de la Universidad de Montana realizados por Arthur Beaman y sus colegas revelaron que una vez que las personas comprenden por qué los espectadores inhiben la ayuda, se vuelve más probable que ayuden en situaciones de grupo. Los investigadores usaron una conferencia para informar a algunos estudiantes cómo la negativa del espectador puede afectar tanto nuestra interpretación de una emergencia, como nuestros sentimientos de responsabilidad. Otros estudiantes escucharon una conferencia diferente o no escucharon ninguna. Dos semanas después, como parte de un experimento diferente en un lugar distinto, se pidió a los participantes que se encontraban caminando (junto con un cómplice no responsivo) cuando pasaron junto a alguien desplomado o junto a una persona tirada bajo una bicicleta. De los que no habían escuchado la conferencia sobre la ayuda, una cuarta parte se detuvo a ofrecer ayuda; el doble de los que fueron "esclarecidos" lo hicieron. Después de leer este capítulo usted, también, quizá ha cambiado. Porque conforme va entendiendo qué influye en las respuestas de las personas —ya sean hostiles, indiferentes o afectuosas— puede ser que sus actitudes, y quizá su conducta, nunca vuelvan a ser las mismas.
Por coincidencia, poco antes de escribir el último párrafo, una antigua estudiante, que ahora vive en Washington, D. C., me visitó. Mencionó que recientemente se encontró en medio de un torrente de peatones que evitaban a un hombre que yacía inconsciente en la acera. "Me vino a la memoria nuestra clase de psicología social y las explicaciones de por qué la gente no ayuda en tales situaciones. Entonces pensé, bueno, si simplemente paso de largo también, ¿quién va a ayudarlo?" Así que llamó al número de emergencias y esperó junto con la víctima —y otros espectadores que ahora se le habían unido— hasta que llegó la ayuda. Otro estudiante, quien circulaba con la multitud en una estación del subterráneo en Viena cerca de la medianoche, vio, por casualidad, a un hombre ebrio golpeando a un transeúnte.
Al fin, me convencí lo suficiente de la verdad que aprendimos en psicología social de regresar y apartar al ebrio del transeúnte. De pronto el agresor la tomó contra mí y me persiguió por todo el subterráneo hasta que llegó la policía, lo arrestó y consiguió una ambulancia para la víctima. Fue muy emocionante y me hizo sentir bien. Pero lo mejor de todo fue cómo un poco de conocimiento de los aspectos psicosociales de nuestra propia conducta nos puede ayudar a vencer el poder de la situación y cambiar nuestras acciones predichas.