Prejuicio y Discriminación
El prejuicio se da en muchas formas, prejuicios contra las víctimas del SIDA, contra los "liberales del noreste" o los "red-necks sureños"* , "contra los "terroristas" árabes o los "fundamentalistas" cristianos, contra las personas de baja estatura o gordas o feas. Consideremos unas cuantas situaciones reales:
En 1961, Charlayne Hunter, ahora locutora de PBS Charlayne Hunter-Gault, necesitó un juicio federal para obligar a la Universidad de Georgia a que la admitiera. Una semana después de que se inscribió, los funcionarios estatales le preguntaron al tribunal si también estaban obligados a permitirle comer en el campus (Menand, 1991).
Un grupo de estudiantes homosexuales de la Universidad de Illinois anunció que el lema para un día de la primavera sería: "Si eres gay, usa pantalones de mezclilla azules hoy." Al amanecer de ese día, muchos estudiantes que por lo general usaban pantalones de mezclilla se levantaron con un impulso de usar falda o pantalones convencionales. El grupo homosexual había establecido su punto: que las actitudes hacia los homosexuales son tales que muchos preferirían abandonar sus ropas acostumbradas por temor a que alguien sospechara (RCAgenda, 1979).
El prejuicio contra las niñas y las mujeres en ocasiones es sutil, y en otras devastador. En ninguna parte del mundo moderno se abandona a las niñas recién nacidas en una colina para que mueran por abandono, como era la práctica ocasional en la antigua Grecia. Sin embargo, en muchos países en desarrollo, los índices de mortalidad de las niñas supera al de los niños. Durante la hambruna de 1976-1977 en Bangladesh, las niñas en edad preescolar estaban más desnutridas que los niños. En Corea del Sur, donde los futuros padres a menudo hacen pruebas para conocer el sexo de su feto, los nacimientos de hombres exceden a los nacimientos de mujeres en un 14 por ciento. En la actualidad, debido a la política China de tener un solo hijo, la cantidad de hombres solteros excede con mucho la de mujeres solteras (Time, 1990).
Yoshio, un miembro de un grupo de estudiantes universitarios japoneses que visitaba una universidad estadounidense, les reveló de manera prosaica a sus compañeros japoneses que era un burakumin, una de las "personas de ghetto" cuyos ancestros se ocupaban de labores consideradas contaminantes. En respuesta sus compañeros se llevaron las manos a la boca y arrugaron las cejas, denotando su conmoción y asombro. Aunque físicamente indistinguible de los demás japoneses, el burakumin ha sido segregado por generaciones en los barrios bajos de Japón, considerados elegibles sólo para las ocupaciones más despreciables, e inadecuados para casarse con japoneses fuera de su clase. Así que, ¿cómo podía ser un burakumin este estudiante tan brillante, atractivo y ambicioso?
¿QUÉ ES PREJUICIO?
El prejuicio, los estereotipos, la discriminación, el racismo, el sexismo: los términos con frecuencia se superponen. Antes de buscar comprender el prejuicio, permítasenos esclarecer los términos. Cada una de las situaciones que acabamos de describir implica una evaluación negativa de algún grupo. Y ésta es la esencia del prejuicio: una actitud negativa injustificable hacia un grupo y los individuos que lo integran. El prejuicio es previo al juicio; nos inclina en contra de una persona con base sólo en su identificación con un grupo particular.
El prejuicio es una actitud. Una actitud es una combinación distintiva de sentimientos, inclinaciones a actuar y creencias. A esta combinación la llamamos el ABC de las actitudes: afecto (sentimientos), tendencia conductual (inclinación para actuar) y cognición (creencias). A una persona prejuiciada podría por consiguiente disgustarle el burakumin y comportarse de manera discriminatoria, por creerla ignorante y peligrosa.
Las evaluaciones negativas que marcan al prejuicio pueden derivarse de asociaciones emocionales, de la necesidad de justificar la conducta o de creencias negativas llamadas estereotipos.
Estereotipar es generalizar. Para simplificar el mundo, generalizamos todo el tiempo: los ingleses son reservados; los estadounidenses son expresivos. Los profesores son distraídos. Las mujeres que asumen el título de "Ms." (nueva abreviatura que se usa por igual para señoras y señoritas) son más asertivas y ambiciosas que aquellas que se llaman a sí mismas "Miss" ("señorita") o "Mrs." ("señora") (Dion, 1987; Dion y Gota, 1991; Dion y Schuller, 1991). Tales generalizaciones pueden tener un germen de verdad. Las culturas de hecho difieren.
El problema con los estereotipos surge cuando son sobregeneralizados o plenamente equivocados. Suponga que me dice que estoy a punto de conocer a Mike, un ávido jardinero orgánico. Yo podría formarme una imagen de alguien en overol de peto luciendo una barba bien arreglada y conduciendo una camioneta con una calcomanía en su defensa que dice "Prohíban las pistolas". Ciertamente no esperaría alguien que bajara de un Cadillac con un traje azul de tres piezas con un botón en la solapa de la Asociación Nacional de Rifles. Mi estereotipo de los jardineros orgánicos puede contener una brisna de verdad, igual que las creencias de las personas acerca de los índices de empleo, índices de criminalidad y nacimientos de padres solteros en diferentes grupos raciales, en ocasiones reflejan las estadísticas reales de censo. Pero es probable que sea una sobregeneralización. Puede haber algunos jardineros orgánicos que vistan de modo conservador y conduzcan Cadillac. Pero si conociera a uno, me encogería de hombros y me diría para mis adentros: "Toda regla tiene sus excepciones".
El prejuicio es una actitud negativa; la discriminación es una conducta negativa. La conducta discriminatoria con frecuencia tiene su fuente en actitudes prejuiciosas, pero no siempre. Las actitudes y la conducta a menudo están vinculadas estrechamente, en parte debido a que nuestra conducta refleja más que nuestras convicciones internas. Las actitudes prejuiciosas no necesariamente producen actos hostiles, como tampoco toda la opresión surge del prejuicio. El racismo y el sexismo son prácticas institucionales que discriminan, aun cuando no haya intención prejuiciosa.
Imagínese una fuerza policíaca estatal que establece un requisito de estatura de 1.75 metros para todos sus oficiales. Si este requisito fuera irrelevante para la efectividad en el trabajo y tendiera a excluir a los hispanos, asiáticos y a las mujeres, alguien podría calificar el requisito como racista y sexista. Nótese que podría alegarse esto aunque no hubiera intención de discriminación. Del mismo modo, si las prácticas de contratación en las empresas donde laboran sólo blancos tienen el efecto de excluir a los empleados no blancos, la práctica podría ser llamada racista —incluso si el empleador liberal no pretendía discriminar.
• ¿QUÉ TAN PENETRANTE ES EL PREJUICIO?
¿Es inevitable el prejuicio? ¿Podemos erradicarlo? A manera de ejemplo, analicemos el prejuicio racial y de género en un país intensamente estudiado, los Estados Unidos.
PREJUICIO RACIAL
En el contexto del mundo, toda raza es una minoría. Los blancos no hispanos, por ejemplo, son sólo una quinta parte de la población mundial y serán tan sólo un octavo dentro de otro medio siglo. Gracias a la movilidad y a la migración durante los dos siglos anteriores, las razas del mundo ahora están mezcladas, y mantienen relaciones que en algunos casos son hostiles y en otros amigables.
¿Se está extinguiendo el prejuicio racial?
A juzgar por lo que los estadounidenses responden a los encuestadores, el prejuicio racial hacia los afroamericanos se ha desplomado desde principios de la década de 1940. En 1942, la mayoría de los estadounidenses concordaba al responder: ‘Debería haber secciones separadas para los negros en los tranvías y en los autobuses" (Hyman y Sheatsley, 1956); en la actualidad, hacer esa pregunta parecería extraño. En 1942, menos de un tercio de todos los blancos (sólo 1 de cada 50 en el sur) apoyó la integración escolar; para 1980, el apoyo fue del 90 por ciento. Considerando la pequeña porción de historia que se cubre con los años que han transcurrido desde 1942,o incluso desde que se practicaba el esclavismo, los cambios son dramáticos.
Las actitudes de los afroamericanos también han cambiado desde la década de 1940, cuando Kenneth Clark y Mamie Clark demostraron que muchos tenían prejuicios contra los negros. Al tomar su decisión histórica en 1954 declarando anticonstitucionales las escuelas segregadas, la Suprema Corte encontró notable que cuando los Clark daban a elegir a los niños afroamericanos entre muñecas negras y blancas, la mayoría elegía las blancas. En estudios realizados desde la década de 1950 hasta la de 1970, los niños negros tuvieron una probabilidad cada vez mayor de preferir muñecas negras. Y los adultos negros consideraron semejantes a negros y blancos en rasgos tales como inteligencia, flojera y dependencia
Así, ¿concluiríamos que el prejuicio racial se extinguió en los Estados Unidos? No. Aunque ya no está de moda, el prejuicio racial todavía existe, y sale a la superficie cuando una persona piensa que es seguro expresarlo.
El prejuicio aparece en el residuo de estadounidenses blancos a quienes les disgustan abiertamente los afroamericanos. A finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, los "crímenes de odio" —calumnias, vandalismo, violencia física— hicieron víctimas a un número creciente de afroamericanos, homosexuales y lesbianas. En otras culturas, la abierta hostilidad entre etnias es común, como los palestinos y judíos de Israel, los protestantes y católicos de Irlanda del Norte, y los serbios y croatas de Yugoslavia lo saben muy bien. Las preguntas relativas a contactos interraciales íntimos todavía detectan prejuicio. "Probablemente me sentiría incómodo bailando con una persona negra en un lugar público", detecta más sentimiento racial que "probablemente me sentiría incómodo viajando en autobús con una persona negra". En una encuesta, sólo el 3 por ciento de los blancos dijo que no desearía que su hijo asistiera a una escuela integrada, pero el 57 por ciento reconoció que sería infeliz si su hijo se casara con una persona negra. Este fenómeno de mayor prejuicio en las esferas sociales más íntimas parece universal. En India, las personas que aceptan los prejuicios del sistema de castas típicamente permiten que alguien de una casta inferior entre a su casa pero no considerarían casarse con ella.
Formas sutiles de prejuicio
Recordemos que cuando los estudiantes blancos indican actitudes raciales mientras están conectados a un supuesto detector de mentiras, admiten el prejuicio. Otros investigadores han invitado a personas a evaluar la conducta de alguien, siendo éste blanco o negro. Birt Duncan hizo que estudiantes blancos de la Universidad de California, Irvine, observaran una videograbación de un hombre empujando ligeramente a otro durante una breve discusión. Cuando un blanco empujaba a un negro, sólo el 13 por ciento de los observadores estimaron el acto como "conducta violenta". Con más frecuencia interpretaron el empujón como "juguetear" o "dramatizar". No así cuando un negro empujaba a un blanco: entonces, el 73 por ciento dijo que el acto fue "violento". (Del mismo modo, si un entrevistador es hombre en vez de mujer, las personas consideran más rápidamente la falta de disposición del entrevistador para contratar a una mujer para operar equipo pesado como "sexista".
Muchos experimentos han evaluado la conducta de las personas hacia los negros y blancos. Los blancos son igual de serviciales con cualquier persona que lo necesite —excepto cuando la persona necesitada está lejos (digamos, una persona que se equivocó de número telefónico y necesita que retransmitan un mensaje)—. Del mismo modo, cuando se les pide usar choques eléctricos para "enseñar" una tarea, las personas blancas no dan más (aunque tampoco menos) choques a una persona negra que a una blanca —excepto cuando están enojadas o cuando el receptor no puede desquitarse o no tiene forma de saber quién lo hizo—. La conducta discriminatoria no sale a la superficie cuando una conducta pudiera parecer prejuiciosa sino cuando es posible ocultarla detrás de la pantalla de algún otro motivo.
Por último, los investigadores de la actitud reportan que las actitudes prejuiciosas persisten en formas sutiles. En los Estados Unidos, algunos blancos aceptan el servicio de autobús escolar, pero no cuando implica una mezcla racial. También en Francia, Inglaterra, Alemania y los Países Bajos, los prejuicios sutiles (exageración de diferencias étnicas, sentir menos admiración y afecto por las minorías, rechazo de las minorías por razones en apariencia no raciales) están remplazando al prejuicio evidente.
Los críticos replican que la oposición a viajar en autobús y a la acción afirmativa en las políticas de contratación a menudo reflejan una valoración de la elección individual y seguridad en sí mismo más que sutil prejuicio racial. "El prejuicio sutil’; dicen, puede no ser nada más que conservadurismo político. O, como creen otros investigadores, ¿los valores conservadores apoyan al prejuicio? El debate continúa.
En esto sí están de acuerdo: aun cuando disminuya el prejuicio evidente, las reacciones emocionales automáticas persisten. Patricia Devine y sus colegas (1989,1991) reportan que aquellos individuos con prejuicio alto o bajo, a menudo tienen reacciones automáticas similares. Difieren debido a que la persona con prejuicio bajo suprime de manera consciente los pensamientos y sentimientos prejuiciosos. Es como romper conscientemente un mal hábito, dice Devine. Thomas Pettigrew ilustra: "Muchas [personas] me han confesado... que aun cuando en sus mentes ya no sienten prejuicio hacia los negros, todavía sienten escrúpulos cuando estrechan la mano a uno de ellos. Estos sentimientos han quedado de lo que aprendieron en sus familias cuando eran niños." Por tanto el prejuicio opera en parte como una respuesta emocional inconsciente. Como en los experimentos con los empujones, choques eléctricos y números telefónicos equivocados, el prejuicio inconsciente aparece principalmente cuando las personas reaccionan ante alguien por primera vez, con su atención consciente enfocada en algo distinto a la raza de la persona.
Resumiendo las buenas noticias: durante las pasadas cuatro décadas, el prejuicio abierto contra los negros estadounidenses casi ha desaparecido. Las actitudes raciales blancas son mucho más igualitarias que hace una generación. Las malas noticias incumben a todas las personas de color, incluyendo a los nativos americanos y a los hispanos: aunque ahora disimulados con una apariencia más amable, bajo la superficie aún acechan los resentimientos y la parcialidad. Y lo que es verdad en Estados Unidos es cierto en todas partes: en un mundo todavía atormentado por tensiones étnicas, los viejos odios mueren con lentitud.
PREJUICIO CONTRA LAS MUJERES
¿Qué tan penetrante es el prejuicio contra las mujeres? Aquí consideraremos primero los estereotipos de género; es decir, las creencias que las personas tienen acerca de la manera en que las mujeres y los hombres se comportan.
Estereotipos de género
A partir de la investigación sobre estereotipos, son indiscutibles dos conclusiones: existen fuertes estereotipos de género y, como sucede con frecuencia, los miembros del grupo estereotipado aceptan los estereotipos. Hombres y mujeres concuerdan en que se puede juzgar el libro por su portada sexual. Al analizar las respuestas de una encuesta en la Universidad de Michigan, Mary Jackman y Mary Senter encontraron que los estereotipos de género fueron mucho más intensos que los estereotipos raciales. Por ejemplo, sólo el 22 por ciento de los hombres consideró que los dos sexos eran igualmente "emotivos". Del restante 78 por ciento, los que creyeron que las mujeres eran más emotivas excedieron en número a aquellos que pensaron que los hombres lo eran por 15 a 1. ¿Y qué opinaron las mujeres? Dentro de un punto porcentual, sus respuestas fueron idénticas.
Consideremos también un estudio llevado a cabo por Natalie Poder, Florence Geis y Joyce Jennings Walstedt (1983). Mostraron a estudiantes fotografias de "un grupo de estudiantes graduados que trabajaban como equipo en un proyecto de investigación"
. Luego les dieron una prueba de "primeras impresiones", pidiéndoles que adivinaran quién contribuía más en el grupo. Cuando éste estaba integrado sólo por hombres o sólo por mujeres, los estudiantes en forma abrumadora eligieron a la persona que estaba en la cabecera de la mesa. Cuando el grupo era mixto, el hombre que ocupaba la cabecera, era elegido de nuevo en forma abrumadora. Pero si era una mujer la que ocupaba esa posición por lo general era ignorada. ¡Cada uno de los hombres en la figura recibió más votos de liderazgo que las tres mujeres combinadas! Este estereotipo de los hombres como líderes fue cierto no sólo entre mujeres al igual que entre hombres, sino también entre feministas y no feministas. ¿Qué tan penetrantes son los estereotipos de género? Bastante penetrantes.
Recuerde que los estereotipos son generalizaciones acerca de un grupo de personas y pueden ser ciertos, falsos o sobregeneralizados a partir de una brisna de verdad. En el capítulo 6 señalamos que el hombre y la mujer promedio difieren un tanto en relación social, empatía, poder social, agresividad e iniciativa sexual. ¿Entonces debemos concluir que los estereotipos de género son precisos? No del todo.
A menudo son sobregeneralizaciones. Carol Lynn Martin (1987) conjeturó que mucho después de pedir a visitantes de la Universidad de Columbia Británica que marcaran cuáles de varios rasgos los describían a ellos mismos y estimaran qué porcentaje de los hombres y mujeres norteamericanos tenían cada rasgo. Los hombres tuvieron una probabilidad ligeramente mayor que las mujeres de describirse a sí mismos como asertivos y dominantes, y tuvieron una probabilidad ligeramente menor de describirse a sí mismos como tiernos y compasivos. Pero los estereotipos de estas diferencias fueron exagerados grandemente: las personas percibían a los hombres norteamericanos con una probabilidad de casi el doble que las mujeres de ser asertivos y dominantes, y con una probabilidad de aproximadamente la mitad de ser tiernos y compasivos. La conclusión: las diferencias autopercibidas entre los sexos son pequeñas, como lo son las diferencias conductuales reales, pero los estereotipos son fuertes.
Los estereotipos (creencias) no son prejuicios (actitudes). Los estereotipos pueden apoyar al prejuicio. Pero entonces nuevamente uno podría creer, sin prejuicio, que los hombres y las mujeres son "diferentes pero iguales". Por consiguiente permítasenos ver cómo examinan el prejuicio de género los investigadores.
Actitudes de género
A juzgar por lo que las personas responden a los encuestadores, las actitudes hacia las mujeres han cambiado tan rápido como las actitudes raciales. En 1937, un tercio de los estadounidenses dijo que votaría por una mujer calificada a quien
su partido nominara para la presidencia; en 1988, 9 de cada 10 dijeron que lo harían. En 1967, el 56 por ciento de los estudiantes universitarios estadounidenses de primer año estuvieron de acuerdo en que "Es mejor que las actividades de las mujeres se limiten al hogar y a la familia"; para 1990, sólo el 25 por ciento estuvo de acuerdo. En 1970, los estadounidenses estaban divididos 50-50 en si favorecían o se oponían a los "esfuerzos por fortalecer la posición de las mujeres". Para fines de la década, este principio del movimiento de las mujeres fue apoyado por más de 2 a 1 . ¿Y a la pregunta, "deben percibir igual salario las mujeres y los hombres cuando desempeñan el mismo trabajo"? Sí, respondieron tanto hombres como mujeres —por un margen de 16 a 1, más cerca de un consenso absoluto entre los estadounidenses que nunca—.
Alice Eagly y sus asociados (1991) también reportan que las personas no responden ante las mujeres con emociones negativas a nivel visceral como lo hacen ante otros ciertos grupos. Cuando mucho, las evaluaciones emocionales aplicadas a mujeres exceden a aquellas de los hombres, en gran parte gracias a la percepción común de que las mujeres son más amables, comprensivas y serviciales.
Todavía hay más buenas noticias para quienes se preocupan por el sesgo sexual. El descubrimiento de un prejuicio contra las mujeres ampliamente difundido ya no se considera cierto. En un estudio, Philip Goldberg (1968) dio a mujeres estudiantes del Connecticut College varios artículos codos, les pidió que juzgaran la calidad de cada uno. En ocasiones un artículo determinado era atribuido a un autor masculino (por ejemplo, John T. McKay), otras veces a un autor femenino (por ejemplo. Joan T. McKay). En general, la calificación de los artículos fue más baja cuando se atribuyeron a una mujer. La marca histórica de la opresión —el autodesprecio— volvió a surgir. Las mismas mujeres estaban prejuiciadas en contra de su propio sexo.
Ávido de demostrar la sutil realidad del prejuicio de género, obtuve los materiales de Goldberg y repetí el experimento para beneficio de mis propios estudiantes. Ellos no mostraron dicha tendencia a despreciar el trabajo de las mujeres. Así, Janet Swim, Eugene Borgida, Geoffrey Maruyama y yo (1989) buscamos la bibliografía y establecimos correspondencia con investigadores para aprender todo lo posible acerca de los estudios de sesgo de género relacionados con la evaluación del trabajo de hombres y mujeres. Para nuestra sorpresa, los sesgos que surgieron ocasionalmente fueron con frecuencia igual contra hombres que contra mujeres. Pero el resultado más común a lo largo de 104 estudios que incluyeron a casi 20.000 personas fue ninguna diferencia. En la mayoría de las comparaciones, los juicios acerca del trabajo de alguien no se afectaron por el hecho de que éste se atribuyera a una mujer o a un hombre.
La atención dada a estudios muy difundidos del prejuicio contra el trabajo de las mujeres ilustra un punto familiar: los valores de los científicos sociales a menudo penetran sus conclusiones. Los investigadores que realizaron los estudios publicados hicieron lo que debían al repodar sus hallazgos. Sin embargo, mis colegas y yo aceptamos y reportamos con mayor rapidez descubrimientos que apoyaban nuestros sesgos preconcebidos que aquellos que se oponían a ellos. Así, ¿el sesgo de género se está extinguiendo con rapidez en los Estados Unidos? ¿El movimiento feminista casi ha completado su trabajo? No. Como sucede con el prejuicio racial, el prejuicio de género evidente está desapareciendo, pero el sesgo sutil aún persiste. El método del conducto simulado, por ejemplo, expone el sesgo. Como señalamos en el capítulo 4, los hombres que creen que un experimentador puede leer sus verdaderas actitudes con un detector de mentiras sensible expresan menos simpatía hacia los derechos de las mujeres. Incluso en cuestionarios por escrito, Janet Swim y sus coinvestigadores (1991) detectaron un sexismo sutil comparable con el racismo sutil. Ambos están presentes en la negación de la discriminación y el antagonismo hacia los esfuerzos para promover la igualdad.
También podemos detectar sesgos en la conducta. Eso fue lo que hizo un equipo de investigación dirigido por lan Ayres (1991) mientras visitaba a 90 distribuidores de automóviles del área de Chicago y usaba una estrategia uniforme para negociar el precio más bajo en un automóvil nuevo que le había costado al distribuidor alrededor de $11.000. A los hombres blancos se les dio un precio final que promedió $11 362; a las mujeres blancas se les dio un precio promedio de $11 504; a los hombres negros se les dio un precio promedio de $11 783, y a las mujeres negras se les dio un precio promedio de $12.237.
La mayoría de las mujeres saben que existe el sesgo de género. Sostienen que la discriminación sexual afecta a la mayoría de las mujeres que trabajan, como lo demuestran los salarios más bajos para las mujeres y para trabajos tales como niñera que son realizados principalmente por mujeres. Pero, curiosamente, Faye Crosby y sus colegas (1989) han encontrado de manera reiterada que la mayoría de las mujeres niegan sentirse discriminadas en lo personal. La discriminación, creen, es algo que enfrentan las demás mujeres. Su patrón no es un villano. Ellas lo están haciendo mejor que la mujer promedio. Al no escuchar quejas, los gerentes —aun en organizaciones discrñninatorias— pueden persuadirse a sí mismos de que prevalece la justicia. Negaciones similares de desventaja personal, mientras se percibe la discriminación contra el grupo al que se pertenece, ocurren entre las personas desempleadas, las lesbianas declaradas, los afroamericanos y las minorías canadienses (Taylor y cols., 1990).
Para concluir nuestro estudio de caso del prejuicio racial y del sesgo de género estadounidense, se considera que el prejuicio abierto contra las minorías raciales y las mujeres es mucho menos común en la actualidad que hace cuatro décadas. Aunque permanecen los estereotipos, los prejuicios racial y de género evidentes han disminuido en intensidad. No obstante, las técnicas que son sensibles al prejuicio sutil todavía detectan sesgos amplios. Por consiguiente necesitamos observar con cuidado y de cerca el problema del prejuicio. ¿Qué causa el prejuicio? Examinemos sus fuentes sociales, cognitivas y emocionales.
• FUENTES SOCIALES DE PREJUICIO
El prejuicio surge de diversas fuentes, debido a que, como otras actitudes, cumple varias funciones (Herek, 1986, 1987). Las actitudes prejuiciosas pueden expresar nuestro sentido de quiénes somos y proporcionarnos aceptación social. Pueden defender nuestro sentido del yo contra la ansiedad que surge de la inseguridad o el conflicto interno. Y pueden promover nuestro autointerés apoyando lo que nos proporciona placer y oponiéndose a lo que no. Consideremos primero la manera en que funciona el prejuicio para defender la autoestima y la posición social de aquellos que están arriba de la escala social y económica o que están tratando de alcanzarla.
DESIGUALDADES SOCIALES
Desigualdad y prejuicio
Un principio para recordar: la posición desigual fomenta el prejuicio. Los amos ven a los esclavos como flojos, irresponsables, carentes de ambición —como poseedores de aquellos rasgos que justifican la esclavitud—. Los historiadores debaten las fuerzas que crean las posiciones desiguales. Pero una vez que existen las desigualdades, el prejuicio ayuda a justificar la superioridad económica y social de aquellos que tienen la riqueza y el poder. Por tanto, el prejuicio y la discriminación se apoyan entre sí: la discriminación fomenta el prejuicio y el prejuicio legitima a la discriminación (Pettigrew, 1980).
Abundan los ejemplos de prejuicios que racionalizan la desigualdad. Hasta hace poco, el prejuicio era mayor en regiones donde se practicaba el esclavismo. Los políticos y escritores europeos del siglo xix justificaban la expansión imperial al describir a los pueblos colonizados y explotados como "inferiores", que "requerían protección" y como una "obligación" que ellos debían asumir de manera altruista. Hace cuatro décadas, la socióloga Helen Mayer Hacker (1951) señalaba cómo los estereotipos de los negros y las mujeres ayudaban a racionalizar la posición inferior de cada uno: muchas personas pensaban que ambos grupos eran mentalmente lentos, emocionales y primitivos, y que estaban "contentos" con su papel subordinado. Los negros eran "inferiores", y las mujeres eran "débiles". Los negros estaban bien en su lugar; el sitio de las mujeres era el hogar.
En épocas de conflicto, las actitudes se adaptan con facilidad a la conducta. Las personas consideran a menudo a los enemigos como subhumanos y los despersonalizan con una etiqueta. Durante la Segunda Guerra Mundial, el pueblo japonés se convirtió en "los nipones". Después de que se terminó la guerra, se volvieron los "inteligentes y trabajadores japoneses" a quienes llegaron a admirar los estadounidenses. Cuando la recesión de 1991-1992 incrementó el sentido de conflicto económico con Japón, el resentimiento contra los japoneses volvió a surgir. Las actitudes son sorprendentemente adaptables.
Experimentos de laboratorio revelan que los actos crueles fomentan las actitudes crueles. Dañar a una persona inocente típicamente conduce a los agresores a menospreciar a su víctima, justificando así su conducta. Stephen Worchel y Virginia Mathie Andreoli (1978) encontraron que, comparados con estudiantes cuya tarea era recompensar a un hombre por sus respuestas correctas en una tarea de aprendizaje, aquellos que debían aplicar choques por las respuestas incorrectas deshumanizaron a su sujeto. Eran menos capaces de recordar sus características únicas (tales como el nombre y la apariencia física) y fueron más capaces de recordar atributos tales como la raza y la religión que despersonalizaban a la víctima al identificarla con un grupo.
Los estereotipos de género, también ayudan a racionalizar diferentes roles de género. Después de estudiar los estereotipos de género en todo el mundo, John Williams y Deborah Best (1990) notaron que si las mujeres proporcionan la mayor parte del cuidado a los niños pequeños, es tranquilizador pensar que las mujeres son cuidadoras por naturaleza. Y silos hombres dirigen los negocios, cazan y pelean en las guerras, es tranquilizante suponer que los hombres son agresivos, independientes y arriesgados.
O es simplemente lo contrario: ¿qué los rasgos de las mujeres y de los hombres en efecto se ajustan a los roles diferentes? Para verificar si los estereotipos resultan de la división del trabajo, Curt Hoffman y Nancy Hurst (1990) dieron información a estudiantes de la Universidad de Alberta acerca de dos grupos simulados
—los orintianos y los ackmianos— que habitan en un planeta distante. Aunque no había sexos en este planeta (cualquiera podía casarse con cualquier otro, con la consecuencia de que ambos se reprodujeran), los individuos trabajaban ya El ~ fuera como educadores de niños en hogares grupales o como trabajadores urbanos. Luego los estudiantes leyeron respecto a los roles y los rasgos de 15 orintianos y 15 ackmianos. Cada individuo fue descrito con un rasgo asertivo, uno comunal y uno neutral. Por ejemplo: "Dolack, un ackmiano que educa niños, es franco, compasivo y confiable." La única diferencia entre los dos grupos era si los trabajadores urbanos eran la mayor parte de los orintianos y la menor parte de los ackmianos, o viceversa. A pesar de las descripciones equivalentes, los estudiantes percibieron después a cada grupo como poseedor de los rasgos que correspondían a sus roles predominantes. Como explicaba un estudiante después de leer enunciados en los que la mayoría de los orintianos eran educadores de niños: "Los orintianos son en promedio amables y sensibles. Los ackmianos son más seguros de sí mismos y fuertes, por consiguiente mejor adaptados para el trabajo en la ciudad."
Claramente, entonces, los estereotipos son resultado de la división del trabajo entre grupos diferentes, y la justifican.
Religión y prejuicio
Aquellos que se benefician de las desigualdades sociales pero afirman que "todos somos creados iguales" necesitan justificar la forma en que son las cosas. ¿Y qué justificación más poderosa que creer que Dios ha decretado el orden social existente? Para toda clase de acciones crueles, señaló William James, "la piedad es la máscara" —la máscara que con frecuencia exhibe expresiones de amor mientras oculta motivos feos—.
En casi todos los países, los líderes invocan a la religión para santificar el orden presente. En un cambio completo notable, el padre George Zabelka (1980). capellán de las tripulaciones que bombardearon Hiroshima, Nagasaki y otros objetivos civiles en Japón, años después lamentó haber dado la bendición para esas misiones de devastación: "La estructura completa de la sociedad secular, religiosa y militar me dijo claramente que estaba bien ‘dejar que les dieran a los nipones’. Dios estaba del lado de mi país."
El uso de la religión para justificar la injusticia ayuda a explicar un par de descubrimientos consistentes que se refieren al cristianismo, la religión dominante en Norteamérica: 1) los miembros de la Iglesia expresan más prejuicio racial que los no miembros y 2) aquellos que profesan creencias cristianas tradicionales expresan más prejuicio que aquellos que profesan creencias menos tradicionales.
Conocer la correlación entre dos variables —religión y prejuicio— no nos dice nada respecto a su conexión causal. Podría no haber ninguna conexión. Quizá las personas con menos educación son al mismo tiempo más fundamentalistas y más prejuiciosas. O quizá el prejuicio causa la religión, y lleva a las personas a crear ideas religiosas que apoyen sus prejuicios. O tal vez la religión causa el prejuicio, al llevar a las personas a creer que, debido a que todos los individuos poseen libre albedrío, las minorías empobrecidas sólo pueden culparse a sí mismas por cualquier carencia percibida de virtud o de logro.
Si en efecto la religión causa el prejuicio, entonces los integrantes más religiosos de la Iglesia también deberían ser los más prejuiciosos. Pero otros tres resultados consistentemente indican que sencillamente no sucede así. Primero, entre los miembros de la Iglesia, los asistentes fieles son, en 24 de 26 comparaciones, menos prejuiciosos que los asistentes irregulares. Segundo, Gordon Allport y Michael Ross (1967) encontraron que aquellos para quienes la religión es un fin en sí misma (aquellos que están de acuerdo, por ejemplo, con el enunciado: "Mis creencias religiosas están, en realidad, detrás de mi visión general de la vida") expresan menos prejuicio que aquellos para quienes la religión es más un medio para conseguir otros fines (quienes sostienen que ‘la razón principal por la que me intereso en la religión es que mi Iglesia es una actividad social conveniente"). Y aquellos para quienes la religión es una búsqueda abierta (no una adhesión a respuestas superficiales) exhiben poco prejuicio. Tercero, los ministros protestantes y los sacerdotes católicos romanos dan más apoyo al movimiento de los derechos civiles que las personas laicas. Y en Alemania, el 45 por ciento de los clérigos se alinearon en 1934 a la Iglesia Confesional, organizada para oponerse al régimen racista nazi. Por lo tanto, es evidente que algunos tipos de personas profundamente religiosas exhiben menos prejuicio que otras personas superficialmente religiosas.
¿Cuál, entonces, es la relación entre religión y prejuicio? La respuesta que obtengamos depende de cómo se plantee la pregunta. Si definimos religiosidad como pertenencia a una Iglesia o disposición a estar de acuerdo al menos de modo superficial con las creencias tradicionales, entonces los más religiosos son los más prejuiciados racialmente —de aquí el Ku Klux Klan, que racionaliza el fanatismo con la religión—. Sin embargo, si evaluamos la profundidad del compromiso religioso en cualquiera de sus otras formas diversas, entonces los muy devotos son menos prejuiciosos que los religiosos nominalmente —de aquí las raíces religiosas de los movimientos modernos por los derechos civiles, entre cuyos líderes hay muchos ministros religiosos y sacerdotes—. Como concluyó Gordon Allport: "El papel de la religión es paradójico. Crea el prejuicio y deshace el prejuicio" (1958, p. 413).
Impacto de la discriminación: la profecía que se cumple a sí misma
Las actitudes pueden coincidir con el orden social no sólo como una forma de racionalizarlo sino también debido a que la discriminación afecta a sus víctimas. "La reputación de uno", escribió Gordon Allport, "no puede ser martillada, martillada, martillada en la cabeza sin afectar nuestro carácter". Fn su libro clásico, The Nature of Prejudice, Allport catalogó 15 efectos posibles de la victimización. Allport creyó que estas reacciones se reducían a dos tipos básicos: aquellos que implican culparse a uno mismo (aislamiento, odio a uno mismo, agresión contra el propio grupo) y aquellos que implican el culpar a causas externas (rechazo, suspicacia, aumento del orgullo de grupo). Si los resultados netos son negativos —por ejemplo, índices más altos de criminalidad— las personas pueden usarlos para justificar la discriminación que ayuda a mantenerlos: "Si permitimos a esas personas en nuestro bonito vecindario, los valores de la propiedad se desplomarán."
¿La discriminación afecta a sus víctimas como supone este análisis? Debemos tener cuidado de no exagerar el punto, para no alimentar la idea de que las "víctimas" del prejuicio son por necesidad socialmente deficientes. El alma y estilo de la cultura negra es para muchos una herencia digna de orgullo, no sólo una respuesta a la victimización. Las diferencias culturales no necesariamente implican deficiencias sociales. No obstante, las creencias sociales pueden ser autoconfirmatorias. Nótense los efectos de la discriminación en un par de ingeniosos experimentos realizados por Carl Word, Mark Zanna y Joel Cooper (1974). En el primer experimento, hombres blancos de la Universidad de Princeton entrevistaron a solicitantes de empleo blancos y negros. Cuando el solicitante era negro, los entrevistadores se sentaban más alejados, finalizaban la entrevista 25 por ciento mas pronto y cometían 50% más errores de dicción que cuando el solicitante era blanco. Imagínese ser entrevistado por alguien que se sienta a distancia, tartamudea y termina la entrevista rápidamente. ¿Afectaría esto su desempeño o sus sentimientos respecto al entrevistador? Para averiguarlo, los investigadores realizaron un segundo experimento en el que entrevistadores entrenados trataban a los estudiantes como los entrevistadores del primer experimento habían tratado a los solicitantes blancos o negros. Cuando posteriormente se evaluaron videograbaciones de las entrevistas, aquellos que fueron tratados como a los negros en el primer experimento parecían más nerviosos y menos efectivos. Más aún, los entrevistados mismos pudieron sentir una diferencia; aquellos tratados como los negros juzgaron a sus entrevistadores como menos adecuados y menos amigables. Los experimentadores concluyeron "que el ‘problema’ del desempeño negro no reside por completo en el hecho de ser negros, sino más bien en el ambiente mismo de interacción".
La idea de que las víctimas no necesariamente merecen que se les culpe está ganando aceptación. Casi 3 de 4 estadounidenses blancos ahora están en desacuerdo con la afirmación de que si "los pobres negros no han sido capaces de salir de la pobreza sobre todo [esj por culpa de los negros mismos". En su lugar creen que "generaciones de esclavitud y discriminación han creado condiciones que hacen difícil que los negros logren salir de la clase baja" (Dovidio y cols., 1989).
ENDOGRUP0 Y EXOGRUPO
La definición social de quién es usted —su raza, religión, sexo, grado académico— implica una definición de quién no es usted. El círculo que incluye "nosotros" (el endogrupo) excluye a "ellos" (el exogrupo). Por tanto, la sola experiencia de las personas de estar formadas dentro de grupos puede promover el sesgo hacia el endogrupo. Pregunte a los niños, "¿Cuáles son mejores, los niños de su escuela o los de otra escuela cercana?" Casi todos responderán que su propia escuela tiene los mejores niños.
En una serie de experimentos, los psicólogos sociales ingleses Henri Tajfel y Michael Billig descubrieron cuán poco se requiere para provocar favoritismo hacia nosotros e injusticia hacia ellos. Encontraron que aun cuando la diferencia nosotros-ellos es trivial, las personas todavía favorecen a su propio grupo. En un estudio Tajfel y Billig hicieron que adolescentes ingleses evaluaran pinturas abstractas modernas y luego les dijeron que ellos y algunos otros habían favorecido el arte de Paul Klee sobre el de Wassily Kandinsky. Por último, sin siquiera conocer a los demás miembros de su grupo, los adolescentes dividieron algo de dinero entre los miembros de ambos grupos. Experimento tras experimento, la definición de los grupos incluso de esta forma trivial produjo favoritismo. David Wilder (1981) resumió el resultado típico: "Cuando se les da la oportunidad de dividir 15 puntos [que valen dinero], los sujetos por lo general le otorgan 9 o 10 puntos a su propio grupo y 5 o 6 puntos al otro grupo." Este prejuicio ocurre con ambos sexos y con personas de todas las edades y nacionalidades, pero sobre todo con personas de culturas individualistas. (Las personas de culturas comunales se identifican más con sus semejantes y de ese modo tratan a todos igual.)
También somos más propensos al sesgo endogrupal cuando nuestro grupo es pequeño en relación con el exogrupo. Cuando somos parte de un çupo pequeño rodeado por un grupo más grande, también somos más conslentes de nuestra pertenencia al grupo; cuando nuestro endogrupo es la mayoría, pensamos menos al respecto. Ser un estudiante extranjero, o ser un estudiante aegro en un campus principalmente blanco o un estudiante blanco en un campus principalmente negro, es sentir la propia identidad social con mayor intensidad y reaccionar en concordancia.
Incluso la formación de grupos evidentes sin fundamento lógico —digamos, componiendo los grupos X y Y simplemente lanzando una moneda— producirá algo de sesgo hacia el endogrupo. En la novela de Kurt Vonnegut, Slapstick, las computadoras les daban a todos un nuevo nombre intermedio; entonces todos los "Narcisos-11" se unen entre sí y se distancian de los "Frambuesa-13". El sesgo de autoservicio cabalga de nuevo, permitiendo a las personas lograr una identidad social más positiva: "nosotros" somos mejores que "ellos", aun cuando "nosotros" y "ellos" seamos parecidos.
Debido a que nos evaluamos en parte por nuestra pertenencia a grupos, :onsiderar a nuestros propios grupos como superiores nos ayuda a sentirnos bien respecto a nosotros mismos. Lo que es más, nuestro autoconcepto completo —nuestro sentido de quiénes somos— contiene no sólo nuestra identidad perso‘tal (nuestro sentido de nuestros atributos y actitudes personales) sino nuestra identidad social. Tener un sentido de "nosotros" fortalece nuestro autoconcepto. Se siente bien. Tanto es así, reportan Charles Perdue y sus isociados (1990), que el solo hecho de emparejar una sílaba sin sentido como yof ron palabras como "nosotros" y "nos" hace parecer más agradable la sílaba que se asocia con "ellos".
Debido a nuestras identificaciones sociales, nos conformamos con las normas le nuestro grupo. Nos sacrificamos por el equipo, la familia, la nación. Desdeñamos a los exogrupos. Cuanto más importante es nuestra identidad social y más Fuertemente vinculados nos sentimos al grupo, reaccionamos de manera más rejuiciosa ante las amenazas de otro grupo. Nombres como croata, ucraniano, tamul, curdo y estoniano representan identidades endogrupales por las que las personas están dispuestas a morir. El historiador israelita y ex teniente de alcalde de Jerusalén Meron Benve, reporta que entre los judíos y los árabes de Jerusalén la identidad social es tan esencial para el autoconcepto que constantemente les recuerda quiénes no son. Por tanto, en la calle integrada donde vive él, sus propios hijos —para su consternación— "no han conseguido un solo amigo árabe".
Cuando nuestro grupo ha tenido éxito, también podemos sentirnos mejor si nos identificamos más intensamente con él. Cuando se les pregunta después de la victoria de su equipo de fútbol, los estudiantes universitarios frecuentemente reportan "ganamos". Cuando se les interroga después de la derrota de su equipo, es más probable que los estudiantes digan "ellos perdieron". Disfrutar de la gloria reflejada de un endogrupo exitoso es más intenso entre aquellos que acaban de experimentar un golpe al yo, como, por ejemplo, enterarse de que salieron deficientes en una "prueba de creatividad". También podemos gozar de la gloria reflejada del logro de un amigo —excepto ruando el amigo nos supera en algo que es pertinente para nuestra identidad—. Si usted se considera un estudiante de psicología sobresaliente, es probable que le dé más gusto ver a un amigo sobresalir en matemáticas que en psicología.
El sesgo hacia el endogrupo es favorecer al propio grupo. Tal favoritismo relativo podría reflejar 1) agrado por el endogrupo, 2) desagrado por el exogrupo, o ambos. Si ocurre esto último, la lealtad al propio grupo debería producir una desvalorización de los otros grupos. ¿Es esto cierto? ¿El orgullo étnico causa prejuicio? ¿La solidaridad de las mujeres con otras mujeres causa que les gusten menos los hombres? ¿La lealtad a una fraternidad o club femenino en particular lleva a sus integrantes a desaprobar a los independientes y a los miembros de otras fraternidades y clubes femeninos?
Los experimentos apoyan ambas explicaciones. Los estereotipos del exogrupo prosperan cuando las personas sienten profundamente su identidad endogrupal, como cuando los miembros del endogrupo son condiscípulos. En una reunión de club, podemos sentir más intensamente nuestras diferencias de aquellos que pertenecen a otro club. Pero el sesgo hacia el endogrupo resulta principalmente de percibir que el propio grupo es bueno y en un menor grado de una sensación de que los demás grupos son malos. De modo que, al parecer, los sentimientos positivos hacia nuestros propios grupos no necesariamente reflejan sentimientos negativos igualmente intensos hacia los exogrupos. Por supuesto, la devoción por la propia raza, religión y grupo social pueden predisponer a una persona a desvalorar a las otras razas, religiones y grupos sociales. Pero la secuencia no es automática.
CONFORMISMO
Una vez establecido, el prejuicio es mantenido en gran parte por inercia. Si el prejuicio es una norma social, muchas personas seguirán el camino de menor resistencia y se conformarán con seguir la moda. Actuarán no tanto por la necesidad de odiar sino por la necesidad de agradar y ser aceptadas.
Estudios realizados por Thomas Pettigrew (1958) de los blancos en Sudáfrica y los estadounidenses sureños revelaron que durante la década de 1950 aquellos que se conformaron más con otras normas sociales también estuvieron más prejuiciados; aquellos que se conformaron menos reflejaron menos el prejuicio que los rodeaba. El precio de no conformarse fue dolorosamente claro para los ministros de Little Rock, Arkansas, donde fue implantada la decisión de la Suprema Corte de integración de las escuelas en 1954. La mayoría de los ministros favorecieron la integración pero por lo general sólo en privado; temían que defenderla con vigor les haría perder miembros y contribuciones. O considere a los obreros siderúrgicos de Indiana o a los mineros de carbón de Virginia del Oeste de la misma época. En las fundiciones y las minas, los trabajadores aceptaron la integración. En el vecindario, la norma era una segregación rígida. El prejuicio claramente no era una manifestación de personalidades "enfermas" sino simplemente de las normas que operaban en una situación determinada.
La conformidad también mantiene el prejuicio de género. "Si hemos llegado a pensar que la crianza de los hijos y la cocina son la esfera natural de una mujer", escribió George Bernard Shaw en un ensayo de 1891, "lo hemos hecho exactamente de la misma manera como los niños ingleses llegan a pensar que una jaula es la esfera natural de un perico —porque nunca han visto uno en ninguna otra parte—". Los niños que han visto mujeres en alguna otra parte —como por ejemplo los hijos de mujeres que trabajan— tienen puntos de vista menos estereotipados de los hombres y las mujeres.
En todo esto, hay un mensaje de esperanza. Si el prejuicio no está inculcado profundamente en la personalidad, entonces cuando las modas cambien y nuevas normas evolucionen, el prejuicio puede disminuir. Y así ha sucedido.
APOYOS INSTITUCIONALES
La segregación es una manera en que las instituciones sociales (escuelas, gobierno, medios masivos de comunicación) apoyan el prejuicio difundido. Los líderes políticos son otra. Los líderes pueden reflejar y reforzar las actitudes prevalecientes. Cuando el gobernador de Arkansas, Orville Faubus, atrancó las puertas de la Preparatoria Central en Little Rock, estaba haciendo más que representar a sus electores; estaba legitimando sus puntos de vista.
Las escuelas también refuerzan las actitudes culturales dominantes. Un análisis de las historias en 134 lecturas para niños, escritas antes de 1970, encontró que los personajes masculinos sobrepasaban a los personajes femeninos por 3 a 1 (Women on Words and Images, 1972). ¿A quién se representaba mostrando iniciativa, valentía y competencia? Note la respuesta en este fragmento de la lectura clásica para niños "Dick y Jane", Jane, tumbada en la acera, con sus patines junto a ella, escucha cómo Mark le explica a su madre:
"Ella no puede patinar", dijo Mark.
"Puedo ayudarla.
Quiero ayudarla.
Mírala, madre. Sólo mírala.
Es como una niña.
Se rinde."
No fue sino hasta la década de 1970, cuando el cambio en las ideas acerca de los hombres y las mujeres fomentó nuevas percepciones de tales retratos y, en consecuencia, se detectó el evidente estereotipamiento y se hicieron cambios en los libros de texto. Los apoyos institucionales para el prejuicio a menudo pasan desapercibidos. Por lo general, no son intentos deliberados y llenos de odio para oprimir a un grupo; con mayor frecuencia, simplemente reflejan las suposiciones de una cultura, como cuando el crayón color "carne" en la caja de Crayola era rosado
¿Qué ejemplos contemporáneos de sesgos institucionalizados todavía pasan desapercibidos? Aquí hay uno que la mayoría de nosotros nunca ha notado, aunque con frecuencia está justo frente a nuestros ojos: al examinar 1750 fotografías de personas en revistas y periódicos, Dane Archer y sus asociados (1983) descubrieron que alrededor de dos tercios de las fotografías masculinas promedio, pero menos de la mitad de las fotografías femeninas promedio, está enfocada al rostro. Cuando Archer amplió su investigación descubrió que el "rostrismo" es común. Lo encontró en las publicaciones periódicas de otros 11 países, en 920 retratos recopilados del arte de seis siglos, y en los dibujos de aficionados realizados por estudiantes de la Universidad de California, Santa Cruz. Georgia Nigro y sus colegas (1988) observaron el fenómeno del rostrismo en más revistas, incluyendo Ms.
La importancia visual dada a los rostros de los hombres y a los cuernos de las mujeres refleja y perpetúa el sesgo sexual —sospechan los investigadores—. En la investigación en Alemania, Norbert Schwarz y Eva Kurz (1989) confirmaron que las personas cuyos rostros son destacados en las fotografías parecen más inteligentes y ambiciosas. Pero es mejor una pintura de cuerpo entero que ninguna. Cuando Ruth Thibodeau (1989) examinó los anteriores 42 años de caricaturas del New Yorker pudo encontrar sólo un caso individual en el que aparecía un afroamericano en una caricatura no relacionada con la raza.
Muchas películas y programas de televisión también expresan y refuerzan las actitudes culturales prevalecientes. Los mayordomos y sirvientas negros despistados y con los ojos muy abiertos en las películas de la década de 1930 ayudaron a perpetuar los estereotipos que reflejaban. En la radio y en los primeros años de la televisión, el popular espectáculo Amos ‘n’ Andy provocó que los estadounidenses rieran ante el retrato de negros irresponsables y amantes de la diversión. En la actualidad la mayoría de nosotros encontraría ofensivas tales imágenes, pero podríamos pasar por alto las representaciones estereotipadas de los "salvajes" indios americanos, los fanáticos árabes o mujeres con cerebro de chorlito. Las mujeres siguen estando estereotipadas y subrepresentadas: los hombres sobrepasan a las mujeres por 3 a 1 en el tiempo principal de televisión y por 9 a 1 en las fuentes universales de autoridad, los narradores de comerciales.
• FUENTES EMOCIONALES DEL PREJUICIO
Aunque el prejuicio es alimentado por las situaciones sociales, los factores emocionales a menudo agregan combustible al fuego: la frustración y la agresión pueden fomentar el prejuicio, al igual que pueden hacerlo los factores de personalidad como las necesidades de status y las tendencias autoritarias. Veamos cómo.
FRUSTRACIÓN Y AGRESIÓN: LA TEORÍA DEL CHIVO EXPIATORIO
El dolor y la frustración (el bloqueo de una meta) a menudo producen hostilidad. Cuando la causa de nuestra frustración es intimidante o vaga, a menudo redirigimos nuestra hostilidad. Este fenómeno de "agresión desplazada" puede haber contribuido a los linchamientos de afroamericanos en el sur después de la Guerra Civil. Entre 1882 y 1930, hubo más linchamientos en años en que los precios del algodón bajaron y, por consiguiente, la frustración económica aumentó.
Los blancos de esta agresión desplazada varían. Después de su derrota en la Primera Guerra Mundial y el caos económico subsecuente de su país, muchos alemanes veían a los judíos como villanos. Mucho antes de que Hitler ascendiera al poder, un líder alemán explicó: "El judío es simplemente conveniente... Si no hubiera judíos, los antisemitas tendrían que inventarlos". En siglos anteriores las personas desahogaron su temor y su hostilidad con las brujas, a quienes en ocasiones quemaron o ahogaron en público. Las frustraciones económicas de la actualidad a menudo son atribuidas a blancos tales como los "holgazanes de la beneficencia" o las "corporaciones codiciosas".
Un experimento famoso realizado por Neal Miller y Richard Bugelski (1948) confirmó la teoría del chivo expiatorio. Les pidieron a hombres en edad universitaria que trabajaban en un campo de verano que declararan sus actitudes hacia los japoneses y los mexicanos. Algunos lo hicieron antes y después de haber sido obligados a quedarse en el campo para realizar pruebas, en lugar de tener la tarde libre para asistir a un teatro local que habían esperado mucho tiempo. Comparados con el grupo control que no sufrió esta frustración, el grupo privado exhibió después un aumento en el prejuicio. Las pasiones provocaron prejuicio.
Una fuente de frustración es la competencia. Cuando dos grupos compiten por empleos, vivienda o prestigio social, el logro de la meta de un grupo puede convertirse en la frustración del otro grupo. Por tanto, la teoría realista del conflicto grupal sugiere que el prejuicio surge cuando los grupos compiten por recursos escasos. Un principio ecológico correspondiente, la ley de Gause, establece que existirá la competencia máxima entre especies con necesidades idénticas. En Europa Occidental, por ejemplo, algunas personas están de acuerdo en que "a lo largo de los últimos cinco años la situación económica de las personas como usted ha empeorado en comparación con la mayoría de [nombre del grupo minoritario del país]". Estas personas frustradas expresan niveles relativamente altos de prejuicio evidente. Los investigadores han detectado de manera consistente los prejuicios antinegros más intensos entre los blancos que están más cerca de los negros en la escala socioeconómica. Cuando los intereses chocan, el prejuicio compensa, para algunas personas. Ciertamente el prejuicio compensó a los hombres estadounidenses blancos quienes, durante la mayor parte de este siglo, se las arreglaron para proteger sus propios intereses excluyendo a las mujeres y a las minorías de los centros de trabajo y de la escala de carreras.
DINÁMICA DE LA PERSONALIDAD
Pero cualquier par de personas, con igual razón para sentirse frustradas o amenazadas, a menudo no estarán igualmente prejuiciadas. Esto sugiere que el prejuicio cumple otras funciones además de aumentar nuestro autointerés competitivo. En ocasiones, sugirió Sigmund Freud, las personas sostienen creencias y actitudes que satisfacen necesidades inconscientes.
Necesidad de status
La posición es relativa: para percibir que nosotros tenemos status, necesitamos sentirnos por encima de otras personas. Por tanto, un beneficio psicológico del prejuicio, o de cualquier sistema de categorías sociales, es el sentimiento de superioridad que ofrece. La mayoría de nosotros podemos recordar una época en que nos satisfacía en secreto el fracaso de otro —quizá ver a un hermano o hermana castigada o escuchar que un compañero de clase reprobaba un examen—. Nuestra propia estima se realza con tales comparaciones. Así que el prejuicio a menudo es mayor entre aquellos que están abajo o que resbalan en la escala socioeconómica y entre aquellos cuya autoimagen positiva se ve amenazada. En un estudio en la Universidad del Noroeste, los miembros de clubes femeninos de posición inferior menospreciaron más a otros clubes femeninos que los integrantes de otros clubes femeninos de posición superior. Quizá las personas cuya posición es segura tienen menos necesidad de sentirse superiores.
Pero otros factores asociados con la posición inferior también podrían explicar el prejuicio. Imaginese como uno de los estudiantes de la Universidad Estatal de Arizona que tomaron parte en un experimento de Robert Cialdini y Kenneth Richardson (1980). Usted va caminando solo a través del campus. Alguien se acerca y le pide que le ayude con una encuesta de cinco minutos. Usted accede. Después de que el investigador le da una "prueba de creatividad" breve, lo desinfla con la noticia de que "usted ha sacado una calificación relativamente baja en la prueba". El investigador completa entonces la encuesta haciéndole algunas preguntas evaluativas acerca de su escuela o su rival tradicional, la Universidad de Arizona. ¿Sus sentimientos de fracaso afectarían sus estimaciones de cualquiera de las escuelas? En comparación con aquellos de un grupo control cuya autoestima no fue amenazada, los estudiantes que experimentaron fracaso dieron calificaciones más altas a su propia escuela y más bajas a su rival.
En apariencia, presumir del propio grupo y denigrar a los exogrupos puede realzar el propio yo.
James Meindl y Melvin Lerner (1984) encontraron que una experiencia humillante —como golpear por accidente un montón de tarjetas de computadora importantes de alguien— provocó que estudiantes canadienses de habla inglesa expresaran una mayor hostilidad hacia estudiantes canadienses de habla francesa. Y Teresa Amabile y Ann Glazebrook (1982) encontraron que los hombres del Darmouth College a los que se provocó inseguridad juzgaron el trabajo de los demás con mayor dureza. Pensar acerca de la propia mortalidad —al escribir un ensayo breve sobre la muerte y las emociones que despierta el pensar en ella— también provoca la suficiente inseguridad como para intensificar el favoritismo endogrupal y el prejuicio al exogrupo.
Todo esto sugiere que un hombre que duda de su propia fuerza e independencia podría, al proclamar que las mujeres son lastimosamente débiles y dependientes, realzar su imagen masculina. En efecto, cuando Joel Grube, Randy Kleinhesselink y Kathleen Kearney (1982) hicieron que hombres de la Universidad Estatal de Washington vieran entrevistas de trabajo videograbadas de mujeres jóvenes, a los hombres con baja autoaceptación les disgustaron las mujeres fuertes y no tradicionales. Por el contrario, los de alta autoaceptación las prefirieron.
Un exogrupo menospreciado sirve a otra necesidad más: la necesidad de pertenecer a un endogrupo. Como veremos en el capítulo 15, la percepción de un enemigo común une a un grupo. El espíritu de escuela rara vez es tan fuerte como cuando un juego es contra el archirrival. El sentido de camaradería entre trabajadores con frecuencia es más elevado cuando existe un antagonismo común hacia la gerencia. Para solidificar el dominio nazi sobre Alemania, Hitler usó la "amenaza judía". Los exogrupos menospreciados pueden fortalecer al endogrupo.
La personalidad autoritaria
Se dice que las necesidades emocionales que contribuyen al prejuicio predominan en la "personalidad autoritaria". En la década de 1940, un grupo de investigadores de la Universidad de California, Berkeley —dos de los cuales habían escapado de la Alemania nazi—propusieron un trabajo de investigación urgente. Deseaban descubrir las raíces psicológicas de un antisemitismo tan nefasto que causó el asesinato de millones de judíos y convirtió a muchos millones de europeos en espectadores indiferentes. En estudios de adultos estadounidenses, Adorno y sus colegas (1950) descubrieron que la hostilidad hacia los judíos a menudo coexistía con la hostilidad hacia otras minorías. Más aún, estas personas etnocéntricas compartían tendencias autoritarias; una intolerancia hacia la debilidad, una actitud punitiva y un respeto sumiso por las autoridades de su endogrupo, como se refleja por su acuerdo con enunciados tales como: ‘la obediencia y el respeto por la autoridad son las virtudes más importantes que deben aprender los niños." Cuando niños, las personas autoritarias a menudo fueron disciplinadas de forma dura. Esto aparentemente los llevó a reprimir sus hostilidades e impulsos y a "proyectarlos" en los exogrupos. La inseguridad de los niños autoritarios parece predisponerlos hacia una preocupación excesiva por el poder y la posición y hacia una forma de pensamiento correcto-incorrecto inflexible que hace difícil de tolerar la ambigüedad. Por consiguiente, tales personas tienden a ser sumisas con quienes tienen poder sobre ellos y agresivos o punitivos con aquellos que están más abajo.
Los estudiosos criticaron la investigación con diversas consideraciones: 1) quizá la simple falta de educación explicaba los prejuicios simplistas de los individuos autoritarios. 2) Los investigadores de Berkeley, al centrarse en el autoritarismo de derecha, pasaron por alto el autoritarismo dogmático de izquierda. 3) Los valores democráticos de los investigadores difícilmente fueron disfrazados: el desdeñable carácter autoritario "rígido" era notablemente similar al carácter "estable" identificado por los psicólogos en la Alemania prenazi. Por tanto, los valores de los investigadores determinaron si tales personalidades eran condenadas por su "etnocentrismo" (clasificación de los psicólogos estadounidenses) o alabadas por su intensa "lealtad de grupo" (clasificación de los psicólogos alemanes).
Aun así, la principal conclusión de esta ambiciosa investigación ha persistido: las tendencias autoritarias, en ocasiones reflejadas en tensiones étnicas, surgen durante épocas amenazadas por la recesión económica y agitación social. Es más, estudios contemporáneos de autoritarios derechistas realizados por el psicólogo de la Universidad de Manitoba, Bob Altemeyer (1988, 1992) confirman que existen individuos cuyos temores y hostilidades farisaicas surgen como prejuicio. Los sentimientos de superioridad moral pueden ir de la mano con la brutalidad hacia los que se perciben como inferiores. Aunque los prejuicios que mantuvieron al apartheid en Sudáfrica surgieron de desigualdades sociales, socialización y conformidad, aquellos que favorecieron más intensamente la separación, por lo general tenían actitudes autoritarias. En los regímenes represivos a lo largo de todo el mundo, las personas que se vuelven torturadores típicamente tienen una preferencia autoritaria por las cadenas de mando jerárquicas y sienten desprecio por aquellos que son débiles o que se resisten. Más aún, formas diferentes de prejuicio —hacia los negros, homosexuales y lesbianas, mujeres, ancianos— tienden a coexistir en los mismos individuos. Como concluye Altemeyer, los autoritarios derechistas tienden a ser "fanáticos de la igualdad de oportunidades".
• FUENTES COGNITI VAS DE PREJUICIO
Gran parte de la explicación del prejuicio hasta aquí podía haber sido escrita en la década de 1960 —pero no lo que sigue. Esta nueva perspectiva del prejuicio complementa las ideas establecidas al aplicar la nueva investigación sobre el pensamiento social. El punto básico es éste: las creencias estereotipadas y las actitudes prejuiciosas existen no sólo debido al condicionamiento social y no sólo porque cumplen una función emocional, al permitir a las personas desplazar y proyectar sus hostilidades, sino también como productos secundarios de los procesos normales de pensamiento. Los estereotipos resultan menos de la maldad que de la manera en que simplificamos la complejidad de nuestro mundo. Son como ilusiones perceptuales, un producto residual de nuestra facilidad para simplificar. El enfoque cognitivo afirma que para entender el prejuicio, debemos observar más de cerca la manera en que pensamos acerca del mundo.
CATEGORIZACIÓN
Una manera en que simplificamos nuestro ambiente es "categorizar" —organizar el mundo reuniendo objetos en grupos—. Un biólogo organiza el mundo clasificando las plantas y los animales. Una vez que organizamos a las personas en categorías, podemos pensar en ellas de manera más fácil. Si las personas en un grupo son similares, conocer al grupo nos permite predecir su conducta individual. Por consiguiente, a los inspectores de aduanas y al personal antisecuestro de los aviones se les enseñan los "perfiles" de individuos sospechosos. Éstos son los beneficios de la categorización —proporcionar información útil con una cantidad minima de esfuerzo—. Cuando se está presionado por el tiempo, se está preocupado , cansado o cuando se es demasiado joven para apreciar la diversidad, es fácil confiar en los estereotipos.
Sin embargo, los beneficios exigen un costo. Ya hemos considerado un costo social: el sesgo hacia el endogrupo. Sólo dividir a las personas en grupo puede producir discriminación. También hay otros costos. Cuando las decisiones deben tomarse con rapidez, a menudo confiamos en estereotipos eficientes pero sobresimplificados. Más aún, la etnicidad y el sexo son, en nuestro mundo actual, poderosas formas de categorizar a las personas. Imaginemos a Tom, un agente de bienes raíces afroamericano de 40 años de edad de Nueva Orléans. Sospecho que su imagen de "hombre negro" predominó sobre las categorías de "mediana edad", "hombre de negocios" y "sureño".
Algunos experimentos exponen nuestra categorización espontánea de las personas por la raza. Imaginese a usted mismo escuchando declaraciones hechas por seis diferentes personas (tres blancos, tres negros), de quienes ve transparencias mientras hablan. Después usted intenta relacionar una lista de sus declaraciones con una serie numerada de sus fotografías. En ocasiones olvidaba quién dijo qué. Pero si usted codifica y recupera información por raza, no obstante podría recordar si el enunciado fue hecho por un blanco o un negro. Y esto es precisamente lo que el experimento confirma: las personas usan categorías raciales cuando clasifican recuerdos. Por sí misma, dicha categorización no es prejuicio, pero proporciona un fundamento para el prejuicio.
Semejanzas y diferencias percibidas
Imagine los siguientes objetos: manzanas, sillas, lápices.
Hay una fuerte tendencia a ver los objetos dentro de un grupo como más uniformes de lo que son en realidad. ¿Todas sus manzanas fueron rojas? ¿Todas sus sillas con respaldo recto? ¿Todos sus lápices fueron amarillos? Pasa lo mismo con las personas. Una vez que asignamos personas a grupos —atletas, actores dramáticos, profesores de matemáticas— es más probable que exageremos las semejanzas dentro de los grupos y las diferencias entre ellos. La sola división en grupos puede crear un efecto de homogeneidad en el exogrupo —una sensación de que "ellos" son "todos iguales" y diferentes de "nosotros" y "nuestro" grupo—. Debido a que por lo general nos agradan las personas que pensamos son similares a nosotros y nos desagradan aquellas que percibimos como diferentes, el resultado natural es el sesgo hacia el endogrupo.
El simple hecho de una decisión de grupo puede conducir a los externos a sobrestimar la unanimidad de un grupo. Si un conservador gana una elección nacional aunque sea por una pequeña diferencia, los observadores infieren ‘las personas se han vuelto conservadoras". Si un liberal gana por un pequeño margen similar, las actitudes de los votantes difícilmente habrían diferido, pero los observadores atribuirían ahora un "estado de ánimo liberal" al país. Sea que la decisión se haya tomado por acuerdo de la mayoría o por un grupo ejecutivo designado, las personas por lo general suponen que refleja las actitudes de todo el grupo.
Cuando el grupo es el propio es más probable que notemos la diversidad entre sus miembros. Muchos que no son europeos ven a los suizos como un pueblo bastante homogéneo. Pero para el pueblo de Suiza, los suizos son un grupo diverso, que abarca personas de habla francesa, alemana e italiana. Los estadounidenses blancos identifican con rapidez a los "líderes negros" que supuestamente pueden hablar por los estadounidenses negros, y los reporteros blancos en ocasiones encuentran de interés periodístico que la "comunidad negra está dividida" en un asunto tal como la guerra del golfo Pérsico. Los blancos aparentemente suponen que su propio grupo racial es más diverso: no asumen que haya ‘líderes blancos" que puedan hablar por los blancos estadounidenses ni es de interés periodístico que no todos los blancos estén de acuerdo en una cuestión. (Ningún periódico pondría en sus encabezados: "líderes blancos divididos respecto a la guerra del golfo Pérsico.") Del mismo modo, las integrantes de los clubes femeninos perciben a las integrantes de cualquier otro club femenino como menos diversas que la mezcla de mujeres en su propio club. Y los especialistas de negocios y de ingeniería sobrestiman la uniformidad de los rasgos y actitudes del otro grupo. En general, cuanto mayor es nuestra familiaridad con un grupo social, más vemos su diversidad. Entre menor es nuestra familiaridad, mayor es el estereotipo.
El efecto de homogeneidad del exogrupo es especialmente potente entre grupos competidores. Es más, entre más pequeño es el exogrupo, más personas lo ven unificado. De este modo, sean homogéneos o no, las integrantes de un club femenino pequeño y competidor probablemente se verán más parecidas.
Quizá usted lo haya notado: "ellos" —los miembros de cualquier grupo racial diferente al suyo— incluso se ven parecidos. Muchos de nosotros podemos recordar habernos avergonzado al confundir a dos personas de otro grupo racial, provocando que la persona que hemos confundido nos diga: "Usted piensa que todos nosotros somos iguales." Experimentos realizados por John Brigham, June Chance, Alvin Goldstein y Roy Malpass en los Estados Unidos y por Hayden Ellis en Escocia revelaron que de hecho vemos a las personas de otras razas más parecidas que a las de nuestra propia raza. Cuando a estudiantes blancos se les mostraron rostros de unos cuantos individuos blancos y de unos cuantos negros y luego se les pidió que seleccionaran a estos individuos de una formación fotográfica, reconocieron con mayor precisión los rostros de los blancos que los de los negros. Yo soy blanco. Cuando leí por primera vez esta investigación pensé, por supuesto: las personas blancas son físicamente más diversas que los negros. Pero mi reacción aparentemente era sólo una ilustración del fenómeno, ya que si mi reacción fuera correcta, los negros también reconocerían mejor un rostro blanco entre una formación de blancos que un rostro negro en una formación de negros. Pero de hecho parece suceder lo contrario: como ilustra la figura 10-5, los negros reconocen con mayor facilidad a otro negro que a un blanco. Y los hispanos reconocen con más facilidad a otro hispano a quien vieron un par de horas antes que a un anglo.
Este intrigante "sesgo por la propia raza" parece ser un fenómeno cognitivo automático, ya que por lo general no se relaciona con las actitudes raciales del perceptor. Pero la experiencia puede desempeñar un papel. June Chance (1985) reporta que los estudiantes blancos tienen dificultad para reconocer rostros japoneses individuales (aunque las características faciales de los japoneses en realidad son tan variadas como las de los rostros blancos). Pero los estudiantes blancos mejoran marcadamente al reconocer rostros japoneses si a lo largo de varias sesiones de entrenamiento ven pares de rostros japoneses, los cuales deben aprender a diferenciar. La corazonada de Chance es que la experiencia posibilita a las personas adaptarse a los tipos de rostros que encuentra con frecuencia. Esto ayuda a comprender por qué los negros en culturas de blancos son ligeramente mejores que los blancos al reconocer rostros de otra raza (Anthony y cols., 1992). Esto explica además por qué para mí todas las muñecas de Cabbage Patch se parecen, aunque difícilmente le parecen iguales a mi hija de nueve años y a sus amigas.
ESTÍMULOS DISTINTIVOS
Las personas distintas llaman la atención
Otras maneras en las que percibimos nuestro mundo también fomentan los estereotipos. Las personas distintas y las ocurrencias vívidas o extremas a menudo captan la atención y distorsionan los juicios.
¿Alguna vez se ha encontrado trabajando o socializando en una situación en la que usted era la única persona presente de su sexo, raza o nacionalidad? De ser así, su diferencia de los demás probablemente lo hizo más notorio y objeto de una mayor atención. Un negro en un grupo de blancos, un hombre en un grupo de mujeres o una mujer en un grupo de hombres parecen más prominentes e influyentes y tener cualidades buenas o malas exageradas. Esto ocurre porque cuando alguien sobresale en un grupo (es evidente), tendemos a ver a esa persona como causante de cualquier cosa que suceda. Si estamos colocados de modo que vemos a Joe, un miembro promedio del grupo, Joe parecerá tener una influencia mayor que el promedio sobre el grupo. Las personas que captan nuestra atención parecen más responsables de lo que sucede.
En un experimento en Harvard, Ellen Langer y Lois Imber (1980) encontraron que los estudiantes que observaban una videograbación de un hombre leyendo ponían mayor atención cuando se les hacía pensar que era alguien fuera de lo común —un paciente de cáncer, un millonario o un homosexual—. Detectaron características del hombre que otros espectadores ignoraron y su evaluación de él fue más extrema. Aquellos que pensaron que el hombre era un paciente de cáncer notaron sus características faciales y sus movimientos corporales distintos, y por tanto lo percibieron como muy "diferente de la mayoría de las personas" que lo hicieron los otros espectadores. La atención extra que se le presta a personas distintas crea la ilusión de que dichas personas difieren más de los demás de lo que es en realidad. Si las personas piensan que usted tiene el CI de un genio, probablemente notarían aspectos de usted que de otra manera pasarían desapercibidos.
Sin embargo, en ocasiones percibimos a los demás reaccionando ante nuestra diferencia cuando en realidad no es así. En el Darthmouth College, los investigadores Robert Kleck y Angelo Strenta (1980) descubrieron esto cuando hicieron que mujeres universitarias se sintieran desfiguradas. Las mujeres pensaron que el propósito del experimento era evaluar cómo reaccionaría alguien al ver una cicatriz facial creada con maquillaje teatral en la mejilla derecha, desde la oreja hasta la boca. En realidad, el propósito era ver cómo las mujeres mismas, cuando se les hacía sentirse desfiguradas, percibirían la conducta de los demás hacia ellas. Después de aplicar el maquillaje, el experimentador daba a cada sujeto un pequeño espejo manual de modo que pudiera ver la cicatriz de apariencia auténtica. Cuando dejaban el espejo, aplicaba algo de "hidratante" para "evitar que se corriera el maquillaje". Lo que en realidad hacía el "hidratante" era eliminar la cicatriz.
La escena que siguió fue conmovedora. Una mujer joven se sintió terriblemente autoconsciente de su rostro supuestamente desfigurado, al hablar con otra mujer que no ve tal deformación y no sabe nada de lo que sucedió antes. Si usted alguna vez se ha sentido autoconsciente de manera similar —quizá respecto a una imperfección física, acné, incluso sólo un "cabello de apariencia atroz"— entonces tal vez pueda simpatizar con la mujer autoconsciente. Comparada con mujeres a las que se les hizo creer que su compañera de conversación pensaba que simplemente tenían una alergia, las mujeres "desfiguradas" se volvieron hipersensibles a la manera en que su compañera las veía. Estimaron a sus compañeras como más tensas, distantes y condescendientes. Pero, de hecho, los observadores que analizaron después videograbaciones de la manera en que las compañeras trataron a las personas "desfiguradas" no pudieron encontrar esas diferencias en el trato. Autoconscientes de ser diferentes, las mujeres "desfiguradas" malinterpretaron los ademanes y comentarios que de otra manera no habrían notado.
Casos distintivos vívidos
Nuestras mentes también usan casos distintivos como un atajo para juzgar grupos. ¿Los negros son buenos atletas? "Bueno, ahí están Carl Lewis, Florence Griffith Joyner y Michael Jordan. Sí, diría que sí." Nótese el proceso de pensamiento que funciona aquí: recordamos ejemplos de una categoría particular y, con base en aquellos que recordamos, generalizamos. El problema, como se señaló en el capítulo 2, es que los casos vívidos, aunque persuasivos debido a su mayor impacto en la memoria, rara vez son representativos del grupo mayor. Los atletas excepcionales, aunque distintivos y memorables, no son la mejor base para juzgar la distribución de talento atlético entre un grupo étnico completo.
Dos experimentos demuestran cómo los casos distintivos alimentan a los estereotipos. En uno, Myron Rothbar y sus colegas (1978) hicieron que estudiantes de la Universidad de Oregon vieran 50 transparencias, cada una de las cuales consignaba la estatura del hombre. Para un grupo de estudiantes, 10 de los hombres eran ligeramente más altos de 1.80 metros (hasta 1.90 metros). Para otros estudiantes, estos 10 hombres eran bastante más altos de 1.80 metros (hasta 2.07 metros). Cuando posteriormente se les preguntó cuántos de los hombres medían más de 1.80 metros, aquellos a quienes se les dieron los ejemplos de los más altos recordaron un 5 por ciento más. En un experimento de seguimiento, los estudiantes leyeron descripciones de las acciones de 50 hombres, 10 de los cuales habían cometido crímenes no violentos, tales como falsificación, o crímenes violentos, tales como violación. De aquellos a los que se les mostró la lista con los crímenes violentos, la mayoría sobrestimó el número de actos criminales.
Debido a que son distintivos, recordamos con más facilidad casos extremos —y debido a que ellos solos son de interés periodístico, dominan nuestras imágenes de varios grupos—. El poder de atraer la atención de los casos distintivos extremos ayuda a explicar por qué las personas de clase media exageran tanto las diferencias entre ellas mismas y la clase baja. Contrario a los estereotipos de las "reinas de la beneficencia" conduciendo Cadillacs, las personas que viven en la pobreza por lo general comparten las aspiraciones de la clase media y les gustaría proveerse a sí mismos en lugar de aceptar la asistencia pública. Más aún, entre menos conocemos respecto a un grupo somos influidos más por un caso vívido o dos. Ver es creer.
Los eventos distintivos producen correlaciones ilusorias
Los estereotipos asumen una correlación entre la pertenencia al grupo y las características de los individuos (‘los italianos son emotivos", "los judíos son astutos", "los contadores son perfeccionistas"). Aun bajo la mejor de nuestras condiciones, nuestra atención a los sucesos inusuales puede crear correlaciones ilusorias. Debido a que somos sensibles a eventos distintivos, esta concurrencia de dos de dichos eventos es especialmente notoria —más notoria que cada una de las veces que los eventos inusuales no ocurren juntos—. Por tanto, Rupert Brown y Amanda Smith (1989) encontraron que los miembros del personal docente inglés sobrestimaron el número de miembros femeninos con antigüedad en su universidad (relativamente raros, aunque notorios).
David Hamilton y Robert Gifford (1976) demostraron la correlación ilusoria en un experimento inteligente. Les mostraron a estudiantes transparencias en las que había varias personas, miembros del "Grupo A"o del "Grupo B", de las que se dijo que habían hecho algo deseable o indeseable. Por ejemplo: "John, un miembro del Grupo A, visitó a un amigo enfermo en el hospital." El doble de los enunciados describían a miembros del Grupo A en comparación al Grupo B, pero ambos grupos hicieron nueve actos deseables por cada cuatro conductas indeseables. En vista de que tanto el Grupo B como los actos indeseables fueron menos frecuentes, su concurrencia —por ejemplo. "Alien, un miembro del Grupo B, abolló la defensa de un automóvil estacionado y no dejó su nombre"— fue una combinación inusual que atrajo la atención de las personas. Por consiguiente, los estudiantes sobrestimaron la frecuencia con que el grupo de "minoría" (B) actuó de modo indeseable y juzgaron al Grupo B con más dureza.
Recuerde, los miembros del Grupo B en realidad cometieron actos indeseables en la misma proporción que los miembros del Grupo A. Más aún, los estudiantes no tenían sesgos preexistentes a favor o en contra del Grupo B, y recibieron la información de manera más sistemática de lo que nos la ofrece la experiencia cotidiana. Los investigadores debaten la explicación para este fenómeno —que la ocurrencia conjunta de dos eventos distintivos atrae la atención—. Pero concuerdan en que la correlación ilusoria ocurre y proporciona otra fuente más para la formación de estereotipos raciales.
Los medios masivos de comunicación reflejan y fomentan este fenómeno. Cuando alguien que se describe a sí mismo como homosexual asesina a alguien, a menudo se menciona la homosexualidad. Cuando un heterosexual asesina a alguien, éste es un evento menos distintivo; la orientación sexual de la persona rara vez es mencionada. Del mismo modo, cuando ex pacientes psiquiátricos como Mark Chapman y John Hinckley, Jr., le dispararon a John Lennon y al presidente Reagan, respectivamente, la historia mental de la persona llama la atención. Los asesinatos y la hospitalización psiquiátrica son ambos relativamente infrecuentes, y su combinación es especialmente de interés periodístico. Tales noticias se añaden a la ilusión de una correlación grande entre 1) tendencias violentas y 2) homosexualidad u hospitalización psiquiátrica.
A diferencia de aquellos que juzgaron a los grupos A y B, nosotros a menudo tenemos sesgos preexistentes. Una investigación mayor realizada por Hamilton con Terrence Rose (1980) reveló que nuestros estereotipos preexistentes pueden llevamos a "ver" correlaciones que no existen. Hicieron que estudiantes de la Universidad de California, Santa Bárbara, leyeran oraciones en las que varios adjetivos describían a los miembros de diferentes grupos ocupacionales ("Doug, un contador, es tímido y pensativo"). En realidad, cada ocupación fue descrita con igual frecuencia por cada adjetivo; contadores, médicos y vendedores eran con la misma frecuencia tímidos, ricos y parlanchines. Sin embargo, los estudiantes pensaron que habían leído con más frecuencia descripciones de contadores tímidos, médicos ricos y vendedores parlanchines. Su estereotipamiento los condujo a percibir correlaciones que no existían, ayudando por tanto a perpetuar los estereotipos. Creer es ver.
ATRIBUCIÓN: ¿ES UN MUNDO JUSTO?
Al explicar las acciones de los demás, frecuentemente cometemos el error fundamental de atribución. Atribuimos tanto su conducta a sus disposiciones internas, que descontamos fuerzas situacionales importantes. El error ocurre en parte porque nuestra atención se centra en las personas mismas, no en sus situaciones. La raza o el sexo de una persona son vívidos y atraen la atención; las fuerzas situacionales que funcionan sobre esa persona son menos visibles. El esclavismo a menudo fue pasado por alto como una explicación para la conducta de esclavo; en vez de ello la conducta era atribuida a la propia naturaleza de los esclavos. Hasta hace poco, sucedía lo mismo con la manera en que explicábamos las diferencias percibidas entre mujeres y hombres. Debido a que las restricciones del papel de género eran difíciles de detectar, atribuíamos la conducta de los hombres y las mujeres solamente a sus disposiciones innatas.
El error esencial de atribución
Thomas Pettigrew (1979, 1980) argumenta que este error fundamental de atribución se convierte en el error esencial de atribución cuando las personas explican las acciones de las personas en grupos. Conceden a los miembros de su propio grupo el beneficio de la duda: "Ella donó porque tiene un buen corazón; él rehusó porque tenía que hacerlo bajo las circunstancias." Cuando se explican actos de miembros de otros grupos, con mayor frecuencia las personas suponen lo peor:
"Él donó para obtener un favor; ella rehusó porque es egoísta." Por lo tanto, como señalamos antes en este mismo capítulo, el empujón que los blancos perciben como simple "broma" cuando proviene de otro blanco se convierte en un "gesto violento" cuando lo realiza un negro.
La conducta positiva de los miembros de un exogrupo es descalificada con más frecuencia. Puede ser vista como un "caso especial" ("Ciertamente él es brillante y trabajador, no como todos los demás hispanos"), como debida a la suerte o a alguna ventaja especial ("Probablemente la admitieron sólo porque su escuela de medicina tenía que llenar su cuota de admisión de mujeres"), como demandada por la situación ("Bajo las circunstancias, ¿qué podía hacer el vulgar Scot sino pagar el cheque completo?") o como atribuible a un esfuerzo extra ("Los estudiantes judíos obtienen mejores calificaciones debido a que son demasiado compulsivos"). Los grupos en desventaja y los que enfatizan la modestia (como los chinos) exhiben menos de este sesgo de servicio al grupo, como también se conoce al error esencial de atribución.
Antes señalamos que culpar a la víctima puede justificar la propia posición superior del culpador. El culpar ocurre cuando las personas atribuyen los fracasos de un exogrupo a las disposiciones defectuosas de sus miembros, señala Miles Hewstone (1990): "Ellos fallan porque son estúpidos; nosotros fallamos porque no lo intentamos." Si se ha abusado de las mujeres, de los negros o de los judíos, ellos de alguna manera deben haberlo atraído hacia sí mismos. Cuando los ingleses hicieron que un grupo de civiles alemanes marcharan alrededor del campo de concentración de Bergen-Belsen al final de la Segunda Guerra Mundial, un alemán respondió: "Qué terribles criminales deben haber sido estos prisioneros para recibir este trato."
El fenómeno del mundo justo
En una serie de experimentos realizados en las universidades de Waterloo y Kentucky, Melvin Lemer y sus colegas descubrieron que la simple observación de que una persona está siendo victimizada de manera inocente es suficiente para hacer que la víctima parezca menos valiosa. Imagine que está participando junto con algunos otros en un estudio sobre la percepción de claves emocionales. Uno de los participantes, un cómplice, es seleccionado al azar para ejecutar una tarea de memoria. Esta persona recibe dolorosos choques siempre que da una respuesta incorrecta. Usted y los otros notan sus respuestas emocionales. Después de observar a la víctima recibir estos choques aparentemente dolorosos, el experimentador le pide que la evalúe. ¿Cómo respondería? ¿Con simpatía compasiva? Legítimamente podríamos esperar esto. Como escribió Ralph Waldo Emerson:"El mártir no puede ser deshonrado." Por el contrario, los experimentos ron que cuando los observadores fueron impotentes para alterar el destino de la víctima, a menudo la rechazaron y devaluaron. Juvenal, el sarcástico romano, anticipó estos resultados: "La turba romana sigue a la Fortuna.. . y odia a aquellos que han sido condenados."
Linda Carli y sus colegas (1989, 1990) reportan que este fenómeno del mundo justo colorea nuestras impresiones de las víctimas de violación. Carli hizo que personas leyeran descripciones detalladas de interacciones entre un hombre y una mujer. Algunas leyeron un argumento que tenía un final feliz: "Entonces él me llevó al sofá. Sostuvo mi mano y me pidió que me casara con él." En una visión retrospectiva, las personas encuentran el final no sorprendente y admiran los rasgos de carácter del hombre y de la mujer. Otros leyeron el mismo argumento con un final diferente: "Pero entonces él se puso muy rudo conmigo, me empujó sobre el sofá y me violó." Dado este final, las personas lo ven como algo inevitable y culpan a la mujer por la conducta que les pareció intachable cuando el resultado era más feliz.
Lerner (1980) cree que este menosprecio de las víctimas indefensas resulta de nuestra necesidad de creer: "Soy una persona justa viviendo en un mundo justo, un mundo donde las personas obtienen lo que merecen." Desde la más tierna infancia, argumenta, somos enseñados que la bondad es recompensada y que el mal es castigado. El trabajo duro y la virtud pagan dividendos; la flojera y la inmoralidad no. De aquí sólo hay un pequeño salto para asumir que aquellos que prosperan deben ser buenos y aquellos que sufren deben merecer su destino. El ejemplo clásico es la historia de Job en el Antiguo Testamento, una buena persona que sufre un terrible infortunio. Los amigos de Job suponen que, siendo éste un mundo justo, Job debe haber hecho algo malo para provocar un sufrimiento tan terrible.
Todo esto sugiere que las personas son indiferentes a la injusticia social no porque no tengan interés en la justicia, sino debido a que no ven injusticia. Lo que es más, creer en un mundo justo —creer, como muchas personas lo hacen, que las víctimas de violación deben haberse comportado de manera seductora, que las esposas golpeadas deben haber provocado sus palizas que los pobres no merecen ser mejores, que los enfermos son responsables de sus enfermedades— permite a las personas exitosas tranquilizarse a sí mismas de que merecen lo que tienen. Los ricos y los sanos pueden ver su propia buena fortuna y el infortunio de los demás como justamente merecido. Al vincular la buena fortuna con la virtud y el infortunio con el fracaso moral el afortunado puede sentir orgullo por sus logros y evitar responsabilidad por el desafortunado.
Las personas aborrecen a un perdedor aun cuando el infortunio del perdedor surja con mucha obviedad de simple mala suerte. Las personas saben que los resultados de los juegos de azar son sólo buena o mala suerte y no deben afectar sus evaluaciones del jugador. Aun así, no pueden resistir jugar al mariscal de campo —juzgando a las personas por sus resultados—. Al ignorar el hecho de que las decisiones razonables pueden traer resultados malos, juzgan a los perdedores como menos competentes. Los abogados y los especuladores de la bolsa de valores de manera similar pueden juzgarse a sí mismos por sus resultados, volviéndose pagados de sí mismos después de los éxitos y reprochándose a sí mismos después de los fracasos. El talento y la iniciativa están relacionados con el éxito, pero la idea de que "es un mundo justo" no toma en cuenta los factores incontrolables que pueden descarrilar nuestros mejores esfuerzos.
En una nota más alentadora, nuestro anhelo de ver y tener un mundo justo espera a ser aprovechado. El mismo motivo que nos lleva a menospreciar a los perdedores de la vida cuando podemos hacer poco para ayudarlos puede, cuando al fin reconozcamos la injusticia, llevarnos a actuar. Una vez que vemos la injusticia, no somos indiferentes a ella.
CONSECUENCIAS COGNITIVAS DE LOS ESTEREOTIPOS
Los estereotipos se perpetúan a sí mismos
El prejuicio es juzgar por anticipado. Juzgar por anticipado es inevitable. Ninguno de nosotros es un tenedor de libros desapasionado de los sucesos sociales, registrando evidencia a favor y en contra de nuestros sesgos. Más bien, nuestros juicios anticipados guían nuestra atención, nuestras interpretaciones y nuestros recuerdos.
Siempre que el miembro de un grupo se comporta como esperan las personas, notamos el hecho debidamente; nuestra creencia anterior es confirmada. Cuando un miembro de un grupo se comporta de manera inconsistente con nuestra expectativa, podemos explicar la conducta como debida a circunstancias especiales. O podemos malinterpretarla, dejando intacta la creencia previa.
Quizá usted, también, pueda recordar una época en que, aunque hiciera todo lo posible, no podía cambiar la opinión que alguien tenía sobre usted, una época en que sin importar lo que hiciera era malinterpretado. Tales malinterpretaciones ocurrían probablemente cuando alguien esperaba un encuentro desagradable con usted. William Ickes y sus colegas demostraron esto en un experimento con pares de hombres en edad universitaria. Al llegar, los experimentadores advertían falsamente a un miembro de cada par que el otro sujeto era "una de las personas más hostiles de las que había conocido últimamente". Luego eran presentados los dos y se les dejaba solos por cinco minutos. A estudiantes en otra condición se les hizo creer que el otro sujeto era excepcionalmente amigable. Ambos grupos fueron amigables con el nuevo conocido. De hecho, aquellos que esperaban que fuera hostil salieron de su estilo para ser amigables y sus sonrisas y otras conductas amigables produjeron una respuesta amable. Pero a diferencia de los estudiantes sesgados de manera positiva, aquellos que esperaban a una persona hostil atribuyeron esta camaradería recíproca a su propio tratamiento "con guantes" de él. Después expresaron más desconfianza y desagrado por la persona y calificaron su conducta como menos amistosa. A pesar de lo amistoso que había sido en realidad su compañero, el sesgo negativo indujo a estos estudiantes a "ver" hostilidades ocultas bajo sus "sonrisas forzadas". Como dijo sarcásticamente el investigador David Hamilton (1981): "¡No lo habría visto si no lo hubiera creído!"
Sería una exageración decir que estamos absolutamente ciegos a los hechos que desconfirman. Cuando Hamilton y George Bishop (1976) entrevistaron a dueños de casas suburbanas de Connecticut varias veces durante el año siguiente a la llegada del primer vecino negro, encontraron que la oposición inicial desaparecía. Los temores de que los nuevos vecinos negros no cuidarían su propiedad o de que el valor de la propiedad disminuiría aparentemente probaron ser infundados, desconfirmando en parte los estereotipos negativos.
Aun así, las ideas negativas de las personas acerca de una persona o un grupo a menudo son difíciles de desconfirmar. Por una parte, una imagen positiva —que uno es gentil, sincero o fiable— es invertida con facilidad por unas cuantas conductas contrarias. Una imagen desfavorable —que uno es mentiroso, hostil o inmoral— no es contrarrestada con tanta facilidad. Fácilmente podemos malinterpretar la genuina amabilidad de alguien como zalamería superficial. La resistencia de los estereotipos negativos a los hechos desconfirmadores a veces es alarmante. En un testimonio ante el Congreso, el gobernador de California, Earl Warren, advirtió de la subversión de los japoneses-estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial: "Opino que esta [falta de actividad subversiva] es la señal más ominosa en toda nuestra situación. Me convence más quizá que cualquier otro factor de que el sabotaje del que vamos a ser objeto está previsto justo como se previó Pearl Harbor".
La información que es notablemente inconsistente con un estereotipo puede ser difícil de malinterpretar y de olvidar. Aun así, cuando las "excepciones" parecen concentradas en unas pocas personas atípicas, podemos salvar el estereotipo abriendo una nueva categoría. Los propietarios que tienen vecinos negros agradables pueden formar un nuevo estereotipo de negros "profesionales, de clase media". Este estereotipo de subgrupo ayuda a mantener el estereotipo mayor de que la mayoría de los negros son vecinos irresponsables. La imagen positiva que forman los escolares ingleses de sus amistosos oficiales de la policía escolar —a quienes perciben como agrupados en una categoría especial— no mejora la imagen de los oficiales de policía en general. Alguien que cree que las mujeres son básicamente pasivas y dependientes puede crear una nueva categoría de estereotipo de "feminista agresiva" para manejar a las mujeres que no encajan con el estereotipo básico. Del mismo modo, las personas dividen sus estereotipos de los ancianos en el tipo "abuela", el tipo "estadista anciano" y el tipo de "ciudadano anciano" inactivo.
¿Los estereotipos sesgan nuestros juicios de los individuos?
Hay una nota optimista con la que podemos concluir este capítulo. Las personas a menudo evalúan a los individuos de manera más positiva que a los grupos que componen). Arme Locksley, Eugene Borgida y Nancy Brekke han encontrado que una vez que alguien conoce a una persona, "los estereotipos pueden tener un impacto mínimo, si es que tienen alguno, en los juicios acerca de esa persona". Descubrieron esto al dar a estudiantes de la Universidad de Minnesota información anecdótica respecto a incidentes recientes en la vida de ‘Nancy". En una supuesta trascripción de una conversación telefónica, Nancy le decía a una amiga cómo respondió a tres situaciones diferentes (por ejemplo, ser acosada por un personaje desaliñado mientras compraba). Algunos de los estudiantes leyeron transcripciones que mostraban a Nancy respondiendo asertivamente (diciéndole al personaje desaliñado que se marchara); otros leyeron un reporte de respuestas pasivas (simplemente ignorando al personaje hasta que éste se iba). Otros estudiantes más recibieron la misma información, excepto que la persona fue nombrada "Paul" en lugar de Nancy. Un día después los estudiantes predijeron cómo habría respondido Nancy (o Paul) ante otras situaciones.
¿Conocer el sexo de la persona tuvo algún efecto en estas predicciones? En absoluto. Las expectativas de la asertividad de la persona fueron influidas solamente por lo que habían aprendido acerca del individuo el día anterior. Incluso sus juicios de masculinidad y femineidad no fueron afectados por conocer el sexo de la persona. Los estereotipos de género habían sido dejados en el anaquel; los estudiantes evaluaron a Nancy y a Paul como individuos.
La explicación de este resultado está implícita en un principio importante discutido en el capítulo 2. Dada 1) información general (de tasa base) acerca de un grupo y 2) información trivial pero vívida acerca de un miembro particular del grupo, la información vívida por lo general sobrepasa el efecto de la información general. Esto sucede así sobre todo cuando la persona no encaja en nuestra imagen del miembro típico del grupo. Por ejemplo, imagine que le dicen cómo se comportaron en realidad la mayoría de las personas en un experimento y luego ve una entrevista breve con uno de los supuestos sujetos. ¿Reaccionaría como el espectador típico: adivinando la conducta de la persona a partir de la entrevista, ignorando la información de tasa base sobre cómo se habían comportado en realidad la mayoría de las personas?
Los estereotipos son creencias generales acerca de la distribución de rasgos en grupos de personas. Por ejemplo, "la asertividad se encuentra principalmente en los hombres, la pasividad en las mujeres". Las personas a menudo creen en tales estereotipos, pero los ignoran cuando se les da información anecdótica vívida. Por tanto, muchas personas creen que los "políticos son ladrones" pero "nuestro senador Jones es una persona íntegra". (No es sorprendente que los estadounidenses tengan esta opinión tan baja de los políticos y sin embargo casi siempre reelijan a sus propios políticos.) Del mismo modo, el fanático que sostiene estereotipos extremos puede declarar: "Uno de mis mejores amigos es... Borgida, Locksley y Brekke explican: "las personas pueden sostener prejuicios generales mientras al mismo tiempo tratan a los individuos con quienes interactúan con frecuencia de manera no prejuiciosa."
Estos resultados resuelven una serie intrigante de descubrimientos considerados antes en este capítulo. Sabemos que los estereotipos de género 1) son intensos pero 2) tienen poco efecto en los juicios de trabajo de las personas atribuidos a un hombre o a una mujer. Ahora veremos por qué. Las personas pueden tener estereotipos de género intensos pero ignorarlos cuando juzgan a un individuo en particular.
A veces, sin embargo, los estereotipos colorean nuestros juicios de los individuos. Cuando Thomas Nelson, Monica Biernat y Melvin Manis (1990) hicieron que estudiantes estimaran las estaturas de hombres y mujeres retratados de manera individual, juzgaron a los hombres como más altos —aun cuando sus estaturas eran iguales, aunque se les dijo que en esta muestra el sexo no predecía la estatura e incluso cuando les ofrecieron recompensas en efectivo por la precisión—. Cuando se da información que categoriza a una persona (digamos, cuando se nos dice que alguien a quien estamos a punto de conocer sufre de esquizofrenia), formamos impresiones rápidas de cuánto nos agrada la persona. Sin esa información, tomamos más tiempo en examinar las características individuales de ella. Además, en ocasiones hacemos juicios, o comenzamos a interactuar con alguien, con poco en qué apoyarnos excepto nuestro estereotipo. En tales casos los estereotipos pueden sesgar intensamente nuestras interpretaciones y recuerdos de las personas. Por ejemplo, Charles Bond y sus colegas (1988) encontraron que, después de permitirles conocer a sus pacientes, enfermeras psiquiátricas blancas colocaron restricciones físicas a pacientes negros y blancos con la misma frecuencia. Pero restringieron con más frecuencia a pacientes negros de nuevo ingreso que a sus contrapartes blancos. Con poco en que apoyarse, los estereotipos cuentan.
Tal sesgo puede operar sutilmente. En un experimento realizado por John Darley y Paget Gross (1983), estudiantes de la Universidad de Princeton vieron una videograbación de una niña de cuarto grado, Hannah. La cinta la describía ya fuera en un vecindario urbano necesitado, supuestamente hija de padres de clase baja, o en un ambiente suburbano opulento, hija de padres profesionistas. Cuando se les pidió que adivinaran el nivel de capacidad de Hannah en varios temas, ambos grupos de espectadores rehusaron usar los antecedentes de clase de Hannah para prejuzgar su nivel de capacidad; cada grupo estimó su nivel de capacidad con su nivel de estudios. Otros estudiantes vieron además una segunda videograbación, que mostraba a Hannah en un examen de aprovechamiento oral en el que contestaba algunas preguntas de manera correcta y algunas de forma incorrecta. Aquellos a quienes se les había presentado anteriormente una Harinah de la clase alta juzgaron sus respuestas como evidencias de una capacidad alta y después recordaron que había obtenido la mayoría de las respuestas correctas; aquellos que habían visto una Hannah de la clase baja juzgaron su capacidad por debajo de su nivel escolar y recordaron que había fallado casi la mitad de las preguntas. Pero recuerde: la segunda videograbación fue idéntica para ambos grupos. De modo que vemos que cuando los estereotipos son fuertes y la información respecto a alguien es ambigua (a diferencia de Nancy y Paul), los estereotipos pueden sesgar de modo sutil nuestros juicios de los individuos.
Por último, los estereotipos a veces sesgan nuestros juicios de los individuos al producir un efecto de contraste. Una mujer que regaña a alguien que se cuela delante de ella en la fila del cine ("¿No debería formarse al final de la fila?") puede parecer más asertiva que un hombre que reacciona de modo semejante. Auxiliada por el testimonio de la psicóloga social Susan Fiske y sus colegas (1991), la Suprema Corte de los Estados Unidos vio este estereotipamiento en acción cuando Price Waterhouse, una de las principales firmas de contadores de la nación, le negó el ascenso a socio a Ann Hopkins. Entre los 88 candidatos para el ascenso, Hopkins,. la única mujer, era la número uno en la cantidad de negocios que había llevado a la compañía y, al decir de todos, tenía empuje, trabajaba duro y era exigente. Al decir de otros, necesitaba un "curso en la escuela de encanto", donde pudiera aprender a "caminar, hablar y vestir más femeninamente..." Al reflexionar sobre esto, la Suprema Corte decidió en 1989 que alentar a los hombres a ser agresivos, pero no a las mujeres, era actuar "con base en el género":
Ejemplificamos el caso anterior no para determinar si Ms. Hopkins es agradable, sino para decidir si los socios reaccionaron de manera negativa a su personalidad debido a que es mujer. . . Un empleador que objeta la agresividad en las mujeres pero cuyos puestos requieren de este rasgo coloca a las mujeres en una intolerable Trampa 22: fuera del trabajo si se comportan agresivamente y fuera del trabajo si no lo hacen.
Con más frecuencia los estereotipos sesgan nuestros juicios de los grupos. En ocasiones juzgamos a los grupos como un todo. En estos casos, es irrelevante el hecho de que conozcamos personalmente a algunos miembros del grupo. Lo que importa —lo que moldea la opinión pública— es nuestra impresión del grupo como un todo. Una vez que llegamos a conocer a una persona en particular, a menudo somos capaces de hacer a un lado estereotipos y prejuicios. Sin embargo, ambos siguen siendo poderosas fuerzas sociales.
Los psicólogos sociales han sido más exitosos al explicar el prejuicio que al aliviarlo. Debido a que el prejuicio resulta de muchos factores interrelacionados, no hay un remedio simple. No obstante, ahora podemos anticipar técnicas para reducir el prejuicio (que se discutirán más a fondo en otros capítulos): si la desigualdad de posiciones fomenta el prejuicio, entonces podemos buscar crear relaciones cooperativas de posición igual. Si el prejuicio racionaliza a menudo la conducta discriminatoria, entonces podemos ordenar la no discriminación. Si las instituciones sociales apoyan el prejuicio, entonces podemos retirar estos apoyos (por ejemplo, promover la armonía del modelo interracial en los medios masivos). Si los exogrupos parecen más distintos a nuestro propio grupo de lo que realmente son, entonces podemos esforzarnos en personalizar a sus miembros. Éstos son algunos de los antídotos para el veneno del prejuicio.
Desde finales de la Segunda Guerra Mundial en 1945, han sido aplicados varios de estos antídotos y los prejuicios racial y de género han disminuido en efecto.
Ahora queda por ver si, durante los restantes años de este siglo, continúa el progreso o si, como podría suceder fácilmente en una época de aumento de la población y disminución de los recursos, los antagonismos se convertirán de nuevo en hostilidad abierta.
• RESUMEN
¿QUÉ TAN PENETRANTE ES EL PREJUICIO?
Las creencias estereotipadas, las actitudes prejuiciosas y la conducta discriminatoria han envenenado desde hace mucho nuestra existencia social. A juzgar por lo que los estadounidenses han respondido a los encuestadores durante las últimas cuatro décadas, el prejuicio contra los negros y las mujeres ha disminuido. No obstante, las sutiles preguntas de encuesta, y los métodos indirectos para evaluar las actitudes y la conducta de las personas, todavía revelan la existencia de fuertes estereotipos de género y una gran cantidad de sesgos raciales y de género disfrazados. El prejuicio, aunque menos obvio, todavía está al acecho.El prejuicio surge de una intrincada interacción de fuentes sociales, emocionales y cognitivas.
FUENTES SOCIALES DE PREJUICIO
La situación social fomenta y mantiene el prejuicio en diversas formas. Un grupo que disfruta de superioridad social y económica a menudo justifica su posición con creencias prejuiciosas. Más aún, el prejuicio puede llevar a las personas a tratar a los demás de modos que provocan la conducta esperada, que por tanto confirma aparentemente la opinión que sostenemos. Los experimentos también revelan que el sesgo hacia el endogrupo surge a menudo por el simple hecho de la división en grupos de las personas. Una vez establecido, el prejuicio continúa en parte fomentado por la inercia de la conformidad y en parte apoyado por las instituciones, tales como los medios masivos de comunicación.
FUENTES EMOCIONALES DE PREJUICIO
El prejuicio también tiene raíces emocionales. La frustración fomenta la hostilidad en las personas y éstas tratan de descargarla en chivos expiatorios y a veces la dirigen más directamente contra grupos competidores percibidos como responsables de nuestra frustración. Al proporcionar un sentimiento de superioridad social, el prejuicio también puede ayudar a ocultar los propios sentimientos de inferioridad. A menudo se encuentran diferentes tipos de prejuicio juntos en aquellos que tienen una actitud "autoritaria".
FUENTES COGNITIVAS DE PREJUICIO
Ha surgido una nueva perspectiva del prejuicio. La investigación muestra cómo el estereotipamiento que subyace en el prejuicio es un producto secundario de nuestra simplificación del mundo. Primero, el agrupamiento de personas en categorías exagera la uniformidad dentro de un grupo y las diferencias entre los grupos. Segundo, un individuo distintivo, tal como una sola persona de la minoría, tiene una cualidad irresistible. Estas personas nos hacen conscientes de las diferencias que de otra manera habrían pasado desapercibidas. Al saber poco respecto a otro grupo podemos formar un estereotipo a partir de nuestras impresiones vívidas. La ocurrencia de dos eventos distintivos —por ejemplo una persona de minoría que comete un crimen inusual— ayuda a crear una correlación ilusoria entre esas personas y esa conducta. Tercero, atribuir la conducta de los demás a sus disposiciones puede llevar al error esencial de atribución: asignar la conducta negativa de miembros de un exogrupo a su carácter natural mientras justificamos sus conductas positivas. Culpar a la víctima también resulta de la suposición común de que debido a que éste es un mundo justo, las personas obtienen lo que merecen.
Los estereotipos tienen consecuencias cognitivas y fuentes cognitivas. Al dirigir las interpretaciones y la memoria, nos conducen a "encontrar" evidencia de apoyo, aun cuando no exista ninguna. Por consiguiente los estereotipos son resistentes al cambio. Sin embargo, cuando se conoce a una persona, a menudo se ignora el estereotipo del grupo y se le juzga de manera individual. Los estereotipos son más poderosos cuando juzgamos a individuos desconocidos y cuando consideramos a grupos completos.